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y i l tTNQUE los filósofos de todas las escuelas, reffVJ forzando las suaves enseñanzas de la religión 17 n i de nuestros mayores, predican y ensalzan la humildad como el don más estirnable de la persona humana, la vanidad sigue imperando en el mundo, sin que haya sospechas d e q u e termine mientras los hombres pueblen el planeta. Ciertos observadores de menor cuantía han pretendido arrojar ese defecto sobre una determinada clase social, señalándole particularmente en aquellos de sus individuos que disfrutan de ciertas preeminencias. I a más bella mitad del género humano ha sido también acusada, repetidas veces, como culpable de ese delito, para cuya comisión tiene aptitudes por todos reconocidas. Y alguien ha señalado, asimismo, á los literatos como usufructuarios contumaces de esa falta fea y desagradable. Pues bien; la vanidad no etí patrimonio de nadie; es, por el contrario, una de las pocas cualidades extendidas en la especie, que pueden considerarse como inalienables é imprescriptibles con. mayor fundamento que los llamados derechos individuales, suspendidos constantemente por nuestros Gobiernos. Dicho se está que no hay que colocarse en las nubes para lanzar sobre el planeta, en. dos lenguas muertas y una viva, la vieja frase destructora de las humanas aspiraciones y de los diarios afanes... (Maiaiotés mataiotélón, kaipanta matalotes. Vanitas vanitatum, et ómnia vanitas. Vanidad de vanidades, y todo vanidad. Este juicio envolvente, grato á los pensadores desapacibles y á los apóstoles malhumorados, es demasiado metafísico para usarlo al señalar el pecadillo en que todos caemos instintivamente. Abandonemos las nubes, y consideremos, ya en tierra firme, que el hombre presume constantemente de su talento, de su bondad, de su hermosura, de su elegancia; de cualquiera, en fin, de las dotes que supone más eminentes en él que en el resto de los mortales. El hombre es vanidoso por naturaleza, y por ello no debe ser combatido ni siquiera ridiculizado mientras su esencia no sea m. odif ¡cada. Este vicio, mucho más extendido que cualquier virtud, es, por otra parte, completamente inofensivo. Y es tam- bien causa y motivo de infinitas satisfacciones que todos tenemos el deber humanitario de exaltar y de producir. I a fábula del zorro que suscita la vanidad del cuervo al elogiarle, y le hace soltar el queso C ue llevaba en el pico á cambio de una lisonja, será de eterna aplicación en el mundo. Así, pues, queridos hermanos, demos el queso al prójimo para alcanzar el suyo... Precisamente hace dos ó tres días tuve ocasión de comprobar la exactitud de estas sencillas reflexiones... Atraído por el canto de un pobre que rasgueaba su guitarra en medio de la calle, me asomé al balcón, aumentando el número de los oyentes del coplero. I a vecindad ocupaba sus balcones respectivos, y reía y premiaba con algunas monedas las ocurrencias alusivas del cantor. El cual, mirando á una y otra parte, fijándose en esta persona y en aquella, colmábalas de piropos en cuatro versos no muy buenos, pero simal cantados, en cambio. Hombres y mujeres, niños y viejos... cuantos presenciaban la escena, eran elogiados por el pobre, que recibía en el acto el plantó frente á una casa, en cuyo principal estaba una señora anciana con su doméstica. premio del elogio. La niña del entresuelo, QTie ahora se asoma al balcón, tiene en su cara dos ojos- íiás relucientes que el sol. I a dama del pelo blanco bien se puede presumir que lia sido hace poco tiempo más bonita que un jazmín. Palmoteo la niña- -siete ú ocho a ñ o s y la mamá arrojó á la calle dos monedas. Una por cada ojo. Sin dar las gracias, el pobre le dirigió á un señor de un segundo piso la letra y la música halagadoras: IJse noble caballero tan campante y tan formal, además de ser buen mozo tiene cara de bondad. Creí notar cierto rubor en la arrugada faz de mi vecina, mientras pagaba el impuesto natural... Pero nopude continuar observándola, porque me miraba el pobre, después de mirar á las chicas de mi portera... Y cantó lo siguiente: Tres caras hay en la calle que relucen por igual: la del señor del tercero y éstas que hay en el portal... Sonrisa, pavoneo y óbolo del aludido. El pobre se Me sentí rejuvenecido, metí mano al bolsillo y arrojé al pobre una moneda de diez céntimos... ANTONIO PALOMERO DIBUJO DE XAUDARÓ