Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
rosa, como los albérchigos de aquellas huertas y como ellos envolvíase en aterciopelado vellito luminoso: tenía los ojos verdes, cristalinos, como el agua remansada entre murtales, y al reir resplandecía. Todos los mozos de Alcalá suspiraron por Gracia, y hasta los rumbosos majos de Mairena se acuchillaron por ella en la feria célebre del pueblo de las naranjas de almíbar. Ella sólo á dos prestó oídos; primero á Joseíto f aríí, mozo semigitano, de cabeza africana, pelo azulino y sangre inflamable, que la quería con ansias locas y con fatigas de muerte. Gracia quiso en él quizá el amor salvaje que él le tenía, quizá el orgullo de encadenar aquel león; pero desde que en ella puso los ojos Mao iyo el Sz (eríes- -ha. cíala. s maestras en el toreo de afición y las lograba seguras en el juego y con el mujerío, -desde entonces, Gracia perdió de vista el mundo y para ella no hubo más en él que los andares, la labia y los ojos negros de Maoliyo. Allí estaban los dos aquel día: Achares iardineaha en la huerta, y el Suertes, que tenía cerca, en los oliv ares, su trabajo, llegábase á la hora de la siesta á echar unos pitillos y unas coplas en ca el guarda decía él; pero á lo que iba e ra á mirarse en los verdes ojos de Gracia. El no la asediaba, como Achares, con súplicas, amenazas y juramentos; no le daba celos; casi ñ o l a requebraba. No era él de los que piden amor á las mujeres; llegaba y lo tomaba, como cosa suya, indisputable y... ninguna se 16 negó. Aquel día estaba el Suertes ás vena; tenía en la garganta un nido de ruiseñores; la. guitarra lloraba y reía entre sus dedos; cuando hablaba él, sus palabras tenían hechizos y mieles, y cuando callaba, su callar decía á Gracia lo que ella ansiaba oír de su boca. El Achares no les quitaba ojo, tragaba retama con hieles, fumaba pitillo tras pitillo, mascaba tabaco, escupía sin cesar, y sin saber lo que hacía sorbo á sorbo, bebióse entera la botella de aguardiente que Curra guardaba para su hombre. Eas segadoras se le reían en la cara, burlándose de su derrota y de sw. jumera; y él, limpiándose los labios con el dorso de la mano, tras apurar el último trago de aquel fuego líquido, soltó u n a carcajada de loco y salió cantando borrosamente: Dicen que ya no me quieres... ¡No me da pena maldita... in Acababa la siesta; las muchachas iban volviendo al trabajo distraídas, emperezadas. Gracia y Maoliyo, riendo y charlando, alejáronse por el borde de la acequia que, al pie de un peñasco, embozado en yedra, formaba una laguna de ensueño, engarzada en un marco de mirtos, zarzas y laureles silvestres. Por el agua, azul que espejaba el cielo deslizábanse majestuosos cuatro cisnes de nieve. Bajo el peñasco abríase una gruta vestida de musgos aljofarados y orlada de adelfas y campanillas azules. En aquel nido de amor sentáronse los mozos. 1,0 que ellos querían decirse parecía decirlo cuanto les envolvía. Maoliyo ni sospechaba que un paisaje fuese u n estado de alma; sintió que todo aquel. paraíso se le volcaba por ías venas y suspiró tembloroso: ¡E s t o es gloria... C 7? z í? a ¿ya... ¿me quieres? ¡Que si te quiero... ¡Mira! -contestó ella mostrándole dos lágrimas que bajaban por sus mejillas. Maoliyo quiso beber aquel rocío en las propias hojas de la rosa... Por el boscaje de j u n t o al agua. corrieron largos temblores, como cuando lares herida escapa entre hojas. Gracia se estremeció. Manuel siguió. cantando á su oído entrecortadas estrofas de la canción eterna... Percibíase el. gotear cristalino de la piedra, musgosa, el aletear de los cisnes en la laguna y el silabeo seseoso de palabras acariciadoras. como beso. s. y casi se oía el pulsar de los corazones al ritmo raudo y loco del amor. De pronto levantóse, Afaí? zyí) ¡Adiós, ír 2 zyzm í 2: el árroa te dejo en las manos! i Y se las beso como poniéndosela en ellas. Tiró del ala del pavero, movió de un lado á otro la cabeza, agitólos labios sin hablar, dijo con todo su ser una protesta contra la dura imposición que le arrancaba á. la dicha, y corriendo como para no arrepentirse del arresto, cruzó el boscaje, saltó el vallado y se perdió en el olivar vecino, mientras la mirada de Gracia seguíale extática hundida en el espacio azul, como buscando en él estelas, vislumbres, rastros misteriosos... X. De entre las frondas que ceñ í a n la laguna surgió u n a -r. j cabeza africana erizada de pe lambre azulina que se fundía con las cerradas cejas, bajo las que fosforeaban dos ojos de locura; tras la cabeza asomó el pecho velludo entre el blan. 0 cor de la camisa y el carmín de la faja, donde b u s c a b a n a l g o d o s manos desatentadas... Luego el chasquear de unas plantas desnudas sobre tierra encharcada, el relámpago de un acero al sol, u n! desgarrado grito de mujer y una huida loca, como de vendan 1 so, tronchando tallos frescos y ab i í T desgajando ramas crujientes, sil Gracia, herida y a mortalmenl pasos extremos, como corriendo fué á caer sobre u n montón de re tadas, que se tiñeron con su s siega la de aquel año! y. i f BLANCA D E LOS RÍOS DE I v p i DIBUJ KL ¿J ií-