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ANO XVII M A D R I D 17 D E ABRIL DE 1907 É t o N U M 834 1- i- sé í- I áil ¿9 V i- i- V rV- J v. 1 s s i i i i SIEGA DE ROSAS í XCALÁde Guadaira es un lugar como creado para fruición de poetas y pintores; tiene color y luz fVJ andaluces, horizontes de diafanidad acuarelesca y ambiente de geórgica y de leyenda á un tiempo; J- 111 romántico castillo ruinoso, encaramado en un peñascal que ciñe un río de égloga, fluyendo entre adelfas y mirtos; peñascal arriba, cuevas de gitanos abiertas en la calcárea como nidos de pájaros rapaces; bajo el castillo, bajo las cuevas, entre la umbría, la boca de averno del túnel por donde entra y sale la locomotora escupiendo lumbres como dragón de conseja. Por las riberas del Guadaira y por todo su valle deleitoso, un paraíso de huertos, naranjales y jardines, entre cuyos verdores descuellan las almenadas torrecillas de los árabes molinos aceiteros; y por las calles blancas y reidoras de aquel pueblo, moruno de panaderos y labriegos un confortante y sano olor á pan caliente mézclase al penetrante aroma de rosas y azahares, como en la vida se confunde la saludable prosa robusta con la enervante ideal poesía. Guadaira abajo, donde el río se remansa voluptuoso entre granados, zarzas, adelfas y murtales, h a y una huerta que, á no recordarla tan distintamente, creería haberla soñado en los días de aquel lírico ensoñar que en mi alma se llama con dos nombres: juventud y Andalucía. Por el lado del camino- -donde tiene su entrada- -y por los dos olivares colindantes, cercaban la huerta altos vallados de pitas y chumberas entretejidas de lentiscos y zarzamoras, y por la parte del río ceñíala en apretada; fronda un bosque de granados que mojaban en el agua sus raíces, entre marañas de sauces, juncias, cañizales y lampazos. Huerta le decían á aquello, y apenas si justificaban tal nombre unos verdijugosos cuadros de hortalizas que rodeaban la casa del guarda; lo demás, jardín era todo, y tan cuajado de plantas olorosas, de floración opulenta, que allí no era metáfora baldía lo de que las flores podían segarse, sino que, en efecto, se segaban; y de la cosecha fioreal de aquella- huerta abastecíase una fábrica de perfumes, y de la siega de flores vivía un pueblo de mocitas, hijas del sol y hernianas de los capullos tempranos. ¿Reconstruís la escena? Mayo, Andalucía, un jardín como incendiado en rosas y nevado en jazmines y