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solos á la indecisa claridad de la calle, una luz que era ya sombra en el interior del gabinete, y espontáneamente se unieron más el uno al otro, saboreando el encanto de hallarse aislados y juntos. Y hablaron. Delicadezas, murmullos que iban á ser palabras y morían en suspiros, sonrisas. Y era tan puro, tan inmaterial el lenguaje y el pensamiento de los dos enamorados, que los mismos ángeles, oyéndoles, sonrieron en paz y en celeste confianza, y u n ángel se acercó al otro y á dúo cantaron al Señor qae tan d Lilce guarda les confiara. Todo era en aquel recinto sonrisas. Hasta en lo más obscuro y en una cara diabólica se intentaba una mueca de risa mirando á los dos ángeles tan absortos en su adoración á Dios, dándole gracias al terminar su divino encargo, pues con el nuevo día y la bendición del sacerdote volaban al cielo á dar cuenta de su misión en la tierra. No h e podido averiguar por qué, pero está casi demostrado que los ángeles no velan á las recién casadas. Será tal vez porque vela el marido. VIII Y Agustín se acercó más á Pilar, y el diablo se acercó más á los dos y sopló deseos, ansias... Al separarse un poco los novios, habían perdido tanto la noción del tiempo que no recordaban la hora ni el día siquiera en que vivían. Sólo les constaba á ciencia cierta que no era y a la víspera del matrimonio. -En la tierra tampoco- -suspiró una voz humilde y doliente. ¿Qué h a pasado? Silencio. ¿Qué ha pasado? -volvió á preguntar San Pedro. -No lo podemos contar... -Bueno. Ya me lo figuro entonces. Por lo visto, en el cielo, como en. la tierra, las cosas que no se pueden contar se las figuran en seguida. -Ábranos, señor San Pedro. ¿Qué hicisteis en vuestra guarda? -gruñó de nuevo el irascible portero. ¡Perdón... -respondieron á un tiempo las dos voces. ¿Qué hicisteis? -Rezábamos, dando gracias porque terminaba nuestra misión, y absortos en el éxtasis de la plegaria, se llegó el diablo á Agustín y á Pilar... ¡Tiene razón el diablo... ¡Idos de aquí, malos cumplidores! A la tierra os mandaron á vigilar, no á extasiaros. ¡Perdón, ¡Largo, largo! Las cosas más buenas fuera de tiempo son casi peores que las inaldades. ¡Largo! Y se oyó el ruido de. las llaves que sonaban, chocando al paso, cada vez más lejano, de San Pedro. Y los pobres ángeles, avergonzados y temblorosos, volaron durante toda la noche por el espacio inmenso que separa la tierra de los cielos, inflamando el aire con estelas de luz al choque rapidísimo de sus alas. Jh lágrinias de Pilar, diciéndole: ¿Qué culpa tenemos de que los ángeles se apartaran tanto. IX San Pedro dormía. Oyó aldabonazos y se levantó malhumorado. ¿Quién? -Nosotros. ¿Quiénes? -Los ángeles. -No es hora de ángeles para el cielo. Del Obsei- vatorio astronómico comunicaron á los periódicos que. en la noche del 31 al i.o dos estrellas volantes cruzaron el firmamento repetidas veces, ocultándose al salir el sol. Verdad que algunos creen íjue el sol no es más que un átomo de la claridad que inunda el mundo al abrirse las puertas del cielo... 1 MANUEL LINARES RIVAS DlBinOS DE MÉNDEZ BRINCA