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podían recrearse con la brillantez y suntuosidad 4 ue eran extraordinarias, sus oídos lo desquitaban con creces, particularmente oyendo las alabanzas de que era objeto. Sin embargo, el día 31 de Diciembre de 1635, el pobre Cristóbal sufrió terrible contrariedad, vencido por un competidor formidable. Un cronista de la época refiere el caso en estos términos: Víspera de año nuevo Sus Majestades fueron á comer en el Buen Retiro, donde á la tarde hubo cierta manera de comedia y fiesta nunca vista en España. Salió por lo primero el poeta Atillano, que ha venido de las Indias, y á quien justamente podíamos llamar monstruo de naturaleza porque es tal su furor poético, que de repente echa un torrente de versos castellanos sobre cualquier materia que le proponen, y esto con estilo relevante, mucha sazón y encaje de lugares d é l a Sagrada Escritura y de autores antiguos, traídos muy á propósito, con sus comparaciones, énfasis, digresiones y figuras poéticas, que pone admiración y deja atónitos á los que le oyen, creyendo muchos que no puede ser esto sin arte del diablo, porque ni deja pie ni olvida silaba ni se descuida en copla, sea en octavas, décimas, redondillas y en cualesquiera versos que quisieren. A Atillano siguió Cristóbal el ciego, tan conocido en esta corte... Pero como es falto de erudición y el otro tiene de ella gran caudal, fácil será juzgar cuál haya sido la diferencia entre los dos. III Aunque hasta ahora no he tenido la fortuna de tropezar con otras noticias referentes á ese poeta Atillano, recién llegado de las Indias á fines de 1635, sospecho que bien pudo ser un cierto mozo andaluz, acaso sevillano, á quien ya el rej D. Felipe IV había conocido y escuchado algunos años antes en memorable fiesta. Cuando aquel monarca visitó á Andalucía, en la primavera de 1624, el octavo duque de Medina Sidonia, D. Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno y Silva, quiso hacer ostentoso alarde de sus riquezas, de su magnificencia y de su buen gusto. Para ello dispuso en el bosque de Oñana ó de Doña Ana, inmediato á Sevilla, la fiesta más portentosa y espléndida que pudiera imaginar el rey- poeta, convirtiendo como por arte de encantamiento el desierto del bosque en delicioso, fantástico y amenísimo edén. No hay para qué decir que entre las fiestas preparadas no faltaron cacerías, toros, comedias y versos. En una de las relaciones que entonces se escribieron consignando curiosos pormenores de aquellas fiestas verdaderamente regias, se lee lo siguiente: A la noche le representaron otra comedia, y por principio dijo de repente Atilano de Prada, un mozo de la facultad, que el duque tenía en su servicio, una loa en su alabanza, que por ser de versos tan concertados hubo quien juzgase era prevenida. Además, para desengañar esta sospecha discurrió luego agudamente en las cosas que aquella taride habían pasado á S. M. y en las acciones que actualmente estaban haciendo los que le oían esto en l a comedia... Nada tiene de extraño que el repentista poeta Atilano de Prada, como tantos, otros, hiciera tm viaje á las Indias y que de allí volviera á España y á la corte en 1635, convertido en el poeta repentista, monstruo de naturaleza Atillano, si en este nombre no hay alguna errata. Fuera ó no el mismo, lo cierto es que el erudito improvisador indiano achicó en aquella solemne ocasión al ciego de Ciempozuelos, que debió de sufrir honda amargura al quedar vencido con tan notable diferencia en favor de aquel prodigioso émulo venida del otro mundo. IV No fué ésta la única desdicha del ciego improvi- sador á quien la fortuna había favorecido con don tan peregrino y con la protección regia. Pocos años después murió de un modo inesperado, y lastimosísimo. En los wíoí de PelUcer, correspondientes al 3 deJulio de 1640, se halla esta noticia: No fué menos desgraciada (la muerte) de un hombre humilde, pero insigne, digno de compararse á. Homero. Este fué Cristóbal, el ciego de Ciempozuelos, el más único componedor, y trovador de repente que han visto los siglos, y como á tal asalariada p o r S M. Murió ahogado en un río al venir de la oc- tava del Corpus de u n lugar de esta comarca. Por lo visto ya entonces se habían olvidado déX poeta Atillano ó Atilano y de su triunfo sobre el des- dichado Cristóbal, como después se han olvidado da éste, á pesar de tan altas mercedes y de tan extrema- desalabanzas. Sic transit gloria mundi. FEUPB P É R E Z Y GONZÁLEZ TilBUJOS DS AtCDlNA YERA