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L. f L tí 1 J ÍLi í i. t c. f 1 t f t íí X íA r -f ÜL CÜKAZON DLL DRAGO ESDE la noche en que el terrible dragón, raiiipando soore los muros del castillo, golpeó con su hocico monstruoso las coloreadas vidrieras del aposento de la princesita, aquélla era la primera en que I todos descansaban tranquilos y sosegados ¡al fin! después d é l a angustiosa zozobra de tantos díasA Diestros y arrojados cazadores, aguijoneados en su empeño heroico por el cuantioso premio ofrecido á son de tambores y trompetas en todos los contornos, habían conseguido clavar agudo arpón en el vientre verdoso de la bestia que durante tanto tiempo sembró el terror por toda la Aquitania. Su hediondo cuerpo, relleno de paja, sería colgado en el crucero de la catedral medio acabada, y su corazón de fiera satánica, consagrado como ex voto, adornaría clavado sobre el muro la capilla del Santo Cába- Uero, triunfador de aquel otro dragón rojo no menos espantoso, que tanto hizo sufrirá la cristiandad entera; Hundida, derribada sobre el gran lecho señorial, la princesa Isabel yacía presa de extraña dolencia desde aquel día en que los fulgurantes ojos del dragón se fijaron en sus azules pupilas dilatadas por el terror. ISÍi; exorcismos, ni rogativas, ni los brebajes del médico judío, tan sabio y experto en combatir. hechizos y calenturas malignas, habían servido para nada. I a princesa se consumía lentamente, con las mejillas macilentas, la mirada triste y el respirar anheloso. En la antecámara musitaba sus rezos medio dormido un fraile, y sobre el altar lucían los cirios arranGa, ndo pálidos destellos á las g; emas multicolores que esmaltaban el ancho cáliz de oro, lleno hasta los bordes de agua, bendita en don de yacía, hasta llevarle á la capilla de San Jorge, ehcorázón de la fiera. La princesa, con los ojos medio entornados, contemplaba á través del velo de siis pestañas, atraída por extraña fascinación, el cáliz de oro en cuyo ancho seno percibíanse crepitaciones confusas, vagos zumbidos que, prolongándose sobre u n ritmo monótono, formaban extrañas armonías, algo así como eVrumor del bos- caje movido por la brisa al caer de la tarde. Del fondo de la santa copa exhalábase u n vaho caliente y per- fumado que poco á poco iba esparciéndose. pollos ámbitos del camarín; aromas de verbena y dé claveles oreados por lluvia de tormenta; olores campesinos suaves y tibios que acariciaban el rostro pálido de lai princesa Isabel, cada vez más dominada por la irresistible atracción del áureo cáliz que resplandecía con fulgores de gloria. i: De pronto, sobre los bordes del cáliz, entre vapores luminosos, surgió el corazón, sangriento, que cbhtrayendo sus rugosas fibras en un supremo latido, saltó, rebotando sobre los albos paños del altar y virio a caer á los pies del lecho señorial, dejando un rastro de anchas gotas bermejas La princesa Isabel quiso incorporarse y gritar, pero volvió á caer lívida y tremante, mientras del corazón del drago se exhalaban vagos zumbidos, extrañas armonías, aromas cálidos, arrullos amorosos de la Voz del Misterio... LUIS PARÍS DIBUJO DE REGIDOK D