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a hoja que tino de sus enemigos les enseñaba momentos antes para manifestarles que aún vivía, que aún debían de respetarle... ¡Mueran todos! -exclamó uno de los más pequeños árboles enanos, pero acaso el más robusto de todos. Pocos días de vida contaban los gigantes; pero tanto la amaban, que todo el resto de su existe: ncia lo hubiesen vivido en un minuto, con tal de no desperdiciar de ella ni un ápice. Proponíanse apurar las últimas gotas que en la copa de la existencia quedaban, y los otros, no teniendo paciencia para que los viejos se deleitasen saboreando el delicioso licor hasta dejar la copa vacía, se precipitaron en tropel contra los desgraciados moribundos, que apenas si sostenerse podían, y entonces poca fué la resistencia. que los gigantes hicieron. Empezaba á caerla tarde... Ya por el reluciente canalón no se veían pasear majestuosas á las palomas blancas. Las flores estaban tristes... Hasta que la brisa no volviese á acariciarlas de nuevo, permanecerían mudas... ¡Ya no se besaban... Cesaron de comunicarse secretos de amor. Las abejas, portadoras de éstos, huyeron á sus colmenas. Los pájaros pequeños dormían en sus nidos, ocultos entre las compactas hojas de la hiedra. A lo- lejos se percibió el tañido de una campana que á muerto tocaba, y el ruiseñor, oculto entre las zarzas que de muralla sirven al estanque, cesó de alegrar con sus melódicas notas la solitaria campiña. El sol, rasgando los negros nubarrones que el cielo cubrían, se ocultó tras de aquellas enormes moles de granito, y en sus cúspides tomó un aspecto fantástico la nieve al ser besada por los rayos de oro de un sol que amante se despedía. No sé si del cielo, no sé si de entre aquella masa de vapores que en forma de nubes iba cubriendo poco á poco la bóveda celeste, vi descender una figura de mujer que iba dejando tras de sí una obscuridad imponente. Era la musa de la noche que empezaba á extender por parte del mundo su tupido velo. enanos luchaban... En este momento se oyó u n ruido subterráneo; las raíces de los grandes árboles se despegaban de la tierra; los gigantes caj eron con estrépito, y bajo el peso de sus grandes ramas desapareció aquella ciudad de enanos, de hijos malditos que, apenas nacidos, va deseaban la muerte de sus padres... J O S É R O M E O Y SANZ DIBUJOS DE MÉNDEZ