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cado á ellas eofflo pretendientes. Su trato engendra en seguida un afecto familiar, y es muy difícil qu e un muchacho se emancipe de esta f r a t e r n a l confianza para decir (aunquefuese á la guapa) Yo estoy enajiwradodeusted... Ella misma se reiría como de cosa insólita. Las de Antúnez no han nacido para e l matrimonio. Sin embargo, cuando d e esto se habla, parece como que las hermanas se violentan para contestar ¡quién piensa en eso! acompañando la frase de cierta irónica amargura que no se sabe si expresa la pérdida absoluta de la esperanza ó el recuerdo de alguna lejana a v e n t u r a amorosa... ÍW táculos, gastan algún dinero, tienen una tía rica que las invita á pasear en su coche, frecuentan el trato de damas distinguidas 5 hasta se abonan á tres butacas del Español (claro que en días de moda) repartiendo el turno con otra familia conocida. Llegan, pues, las de Antúnez á los linderos de la aristo. cracia; pero es á fuerza de estudio, de suerte, de ciiqiieria- Su vida íntima es muy diferente de su vida en público. En su hogar, las hermanas trabajan, arreglan sus trapos, combinan sus blusas, reparten los días de ir en el coche de la tía, preparan las visitas, aceptan invitaciones para fiestas y se buscan un par de reuniones semanales que no sean muy cursis y en las que den algo. L Si. característica de las de Antúnez es el movimiento. Van, vienen, se agitan, no faltan á ninguna diversión, y á pesar de tanto goce se las ve siempre como fatigadas y tristes. Pero continúan su camino. Se las creería formadas para decorarlos salones, los teatros, los paseos. Si un día faltasen, se resentiría el conjunto. Es preciso que estén las de Antúnez para que la calle esté animada, para que el teatro esté brillante, para que la soire e esté chic. En todos los lugares las de Antúnez aparecen distinguidas. En paseo se las ve por la acera de las elegantes y á la hora del crepúsculo. De vuelta de paseo entran algunos días en el Suizo, para luego pasar una sola vez por la Carrera. Nunca las acompaña su padre. Ellas quisieran una señora inglesa como acompañanta; pero á falta de miss, buena es la madre. Claro que teniendo cuidado de vestirla de modo que no desentone. En el teatro, las dos hermanitas se ofrecen vaporosas y siempre en butacas cercanas al pasillo central. Durante los entreactos reciben visitas de los muchachos mejor vestidos. Algunas veces la suerte llega hasta á, favorecerlas con un húsar. Pero el placer más grande para ellas es descubrir en una platea una aristocrática amiga y saludarla haciendo un gesto de f wí con la enguantada mano. En las reuniones, las hermanas Antúnez son insubstituibles. S i a guapa recita bien, no baila peor la fea. n el corro en que se sientan las de Antúnez todo son risas: y frases ingeniosas. Los pollos acuden á aquel círculo como moscas. Y de allí salen los. proyectos para los días de campo, p a r a l a s carrozas de Carnaval y para futuras distracciones... Y de este modo las de Antúnez pasan años y años. No se casan porque jamás los hombres se han acer- Y así son las hermanas Antúnez. La monotonía de su vida asombra. Pero asombra mucho más la constancia con que recorren su eterno itinerario. Mil veces el observador, por azares de su propia existencia, pierde el rastro de las errantes hermanas. Mas cuando el ciclo de la vida le vuelve á los primitivos lugares de observación, allí se encuentra á las de Antúnez como si el tiempo no hubiera pasado por ellas. ¿Todavía andan esas muchachas por ahí? -se pregunta entonces. O P LJJ iD O 1 WW ¡Todavíal nos contesta el que nos acompaña. ¿Y no se casan? -No. La guapa tuvo relaciones hace años con un marino; pero aquello se deshizo... Y no se vuelve á h a b l a r más de las hermanas Antúnez. ¡Pobres muchachas... Lii. 5 DF. T A P I A DISUJOS OE SANCHA