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LA VIEJA SOLTERONA (De Audrée Theuriet. En el caserón vetustO que la solterona habita, todo, de pasados tiempos, conserva el sello y la firma: el fresco y sonoro pozo del patio, la criada antigua y los espejos de antaño, que empañados ya no brillan. Visten el salón tapices flamencos, donde las ninfas con rubicundos pastores danzan en verdes campiñas, y cuando mengua el ocaso la claridad indecisa, de los añejos amores luce un rayo en sus pupilas. En el rincón más obscuro, en donde el clave dormita, se oye. entonces un suspiro, que se evapora en seguida, recuerdo de aquellos tiempos en que joven, casi niña, embelesada su dueña en sus dulces armonías, de Gluck y Mozart tocaba las sonatas más sentidas. Un mueble de palo santo, en la cámara vecina, guarda en su seno escondid tesoros de muclia estima: í ivi M: fT H í -í. vr, -érr. iíi b. V t t A V i- y Á- lazos, irasco? Doniooneras, saquitos de ámbar, sortijas... el soplo de un siglo inu rto al abrirlo se respira. Hay un libro, un libro solo, entre esas gratas reliquias, j- una flor prensada y seca en sus hojas amarillas. Sesenta años encerrada está allí, triste y marchita: la flor es un clavel rojo; el viejo libro, Zaira. En la butaca de ruedas, cuando abrasa la canícula, hace que al balcón la acerquenla trémula viejecita. ¿Es el caldeado ambiente y el sol quien así reanima los fulgores de sus ojos y el color de sus mejillas? Sobre la flor, suspirando, el pálido rostro inclina; miedo le da de tocarla por no romperla y destruirla, y asi como los jilgueros en el huerto alegres triiiari, un recuerdo de amor canta en su memoria, y la hechiza Piensa en la dichosa tarde en que puso mano amiga en su libro predilecto aquella flor encendida; y cual rocío del cielo, lágrimas dulces y tímidas bañan las pág- iiias donde el clavel rojo yacía. TtonoRO LLÓRENTE O: B, IO DE KSTEVAJ