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guerra lir. cia tiunda. Traíalos como- coT! alas lina furia co: iIiprensible, envidia quizá de plebeyos, deseos de riquezas y atrevidos ensueiios con amores afrodisíacos. El oro y la mujer, antaño como hogaño, ya veis que er. in también motivos de guerra entre ios mismos hermanos. Y en Manda libróse la batalla que os voy á relatar. Ya hacía varias semanas que la hueste invasora de los miserables y hambrientos, contenida á duras penas delante de Munda y de los fosos, que defendían con brío y valor grande los nobles señores de la rica ciudad, amenazaba convertirse en asolador torrente que todo sepultaría á su paso... Guerreábase desde el claror del alba hasta la noche, y por una y otra parte los ánimos desfallecían fatigados. Dentro del pueblo, los alimentos escaseaijan, y las fieras, enloquecidas por el hambre, atronaban, el espacio con roncos y continuos rugidos. Y he aquí que en este punto, poco antes de la muerte y de la destrucción de ésta, que quizá hubiera sido otra Nunrancia árabe, una idea salvadora ha brillado en los negros ojos de unas mtijeres varoniles del harén, propósito terrible, despiadado, cruel... Por fin, iiase marcado ya por tino y otro bando día y hora de la que va á ser la última y más encarnizada batalla. I os señores, en la aurora de una mañana, se aprestan para su éxodo, á la nava, a l a tierra raza; montados en sus ágiles corceles, sobre ricos atalajes y gualdrapas, ondeantes las albas vestimentas y el gonfolón sagrado al viento, guían á sus esclavos al campo enemigo, de donde ya vienen perceptibles los clamores y las ansias de exterminio. Caminan veloces los defensores de la ínclita Munda al encuentro de sus contrarios; pero al llegar al foso que circunda y defiende la ciudad, e. ste ejército se ha parado de súbito. Allí, en orden de batalla, tocan los clarines y redoblan los tambores, mientras que el griterío en la imponente mancha blanca que se aproxima se liace ya ensordecedor. Entonces elévase una negra enseña entre los defensores de Munda, y un grito fiero hiende el espacio. Es la orden, la palabra mágica que abrirá como por ensalmo doscientas puertas á doscientas fieras frenéticas, hambrientas, al otro lado del foso... Fué así, en efecto; aquella idea milagrosa, concebida en cerebros de mujeres, hijas de los miserables, salvó á Munda de la destrucción y del saqueo. Doscientas fieras, las más fuertes, lais más hambrientas y las más furiosas, fueron á embestir con espantoso empuje á todo el grueso del ejército enemigo, que, imaginando diclias, se adelantaba. Y los plebeyos fueron otra vez, de esta terrible manera, vencidos. Después, los señores de Munda enviaron á sus más valerosos esclavos á cazar á las fieras que, libres en el campo, devoraban ansiosas los restos de todo un ejército... En recuerdo de este memorable hecho, constru óse, en un camino de Aguilar de la Frontera, un puente, eu uno de cuyos recios pilares decía: Aquí se ganó la batalla de las canteras. 7 W- VI A i Nada más añade el manuscrito. Piro es el caso que el Séneca, hombre meticuloso en detalles, quiere ahora averiguar el por qué se llamó La batalla de las panteras á la dada por los árabes en Munda. ¿Fueron las fieras que destruyeron este ei ército plebeyo de la antigüedad panteras, ó se le puso este nombre á la batalla ganada, en honor y recuerdo de las bellas mujeres que la concibieron? Ybuscaudo esta verdad imoortantísima Uevu el viejo sabio muchos, muchos años. MANUEL CARRETERO DIBUJOS DE REGlDOJt