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nasterio de Yuste. Y de la interesante vida de Isabel la Católica notas curiosísimas, todas documentadas, hame enseñado, que desmienten un poco la falta de aseo de aquella noble y batalladora Reina. El Séneca lee también el árabe más puro, y de los esplendores del califato de los Hixen, Abderranianef; y Almanzor posee la novísima historia... I os castellanos venían persiguiendo, desde Pelayo á D. Fernando, a los moros invasores, ya dueños y reyes en la maravillosa Andalucía. Poco á poco íbanles mermando sus extensos dominios, y pueblos de Sevilla, de Huelva y de Córdoba venían, después dei vencimiento de los aa- f T V. ta rracenos, á poder de los Reyes cristianos. Entonces encontraban los vencedores en las bibliotecas de los moros que huían, ricos y curiosos pergaminos; eran estos escritos descripciones de batallas, ó comentarios al Koran, ó bellas poesías amorosas, apasionadas y tristes, que aún trascienden, como sabéis todos, en los cantares andaluces de los presentes tiempos. u n o de estos manuscritos, hallado tal vez en el archivo del hoy más noble duque de Castilla, refiérese extensamente á la célebre batalla de las panteras. Al Séneca se le debe el descubrimiento de la narración- -sacada de unos legajos que ningún alma había tocado desde muchos siglos há- -de la más ¡eortentosa batalla entre moros que habitaron nuestro suelo, muy conocida en la historia de! os árabes por La de ¿as panteras. Se libró esta memorable contienda en la misma Munda Bética de los romanos, famosos campos próximos á Cartaya, á Utturbi y á Urso (Ecija y Osuna) y á la incendiada Carruca, lugares donde el gran Julio César derrotó las 13 legiones y los 6.000 infantes ligeros de los hijos de Pompeyo. Siglos después estaba habitado Munda por los moros más ricos de la provincia de Córdoba, señores principales y de gustos aristocráticos, dedicados á la venta de las fieras de África. Traíanlas á Europa desde su antigua patria, y del almacén de Munda vendíanse los más fieros y soberbios ejemplares de leones para circos y jardines; camellos de carga, y tigres, leopardos y panteras para orgullo y custodia de los harenes. Munda con su comercio enriquecíase como jamás se recuerda pueblo alguno, y sus moradores disfrutaban un vivir grato, envidiable, feliz. En este pueblo no había pobreza, y al mercado de mujeres de Munda llevábanse las más hermosas esclavas de los reinos moros. Poco á poco- -dice el manuscrito- -los señores de aquel pueblo fueron dueños de inmensas cantidades en telas, en piedras preciosas y en oro, y, á la par también, de las más bellas moras de su raza. Entonces, cuando todo era tranquilidad y dicha en aquel paraíso, vino á conturbar á sus felices moradores u n inquietante mensaje que anunciaba que de los aldeorrios inmediatos, gente andrajosa, atrevida y hambrienta, reclutada por un adalid famoso, hijo renegado de Ambarí de los Omeyas, dirigíase en son de