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T e cuando en cuando aparecen en los- Deriódicos ma drileños algunas calurosas líneas dedicadas áloí: hombres audaces que se exceden cilicoleando á las mujeres en la vía pública. Los articulistas arremeten airados contra los incógnitos ofensores del bello sexo, y suelen pedir para la colectividad masculina el castigo que sólo merecen los autores de los excesos. Hay alguna razón para tales censuras, y es muy justo que prevalezcan para acabar con los que traspasan los galantes límites del espontáneo elogio á la belleza que pasa por la calle. Pero como también los censores se exceden en la agravación del mal, sus campañas contribuyen á formar cierta leyenda que tiene mucho de fantástica. Hay gente para todo y, por lo tanto, no pueden faltar en una ciudad como la nuestra pollos y gallos qiie olviden las leyes elementales de la culturapública. Pero éstos forman, afortunadamente, iinaniinoría insignificante, en cuyos actos no puede buscarse la nota de urbanidad que á nuestra urbe le corresponde. Sépase, además- -aunque esta, declaración no deba ser usada como atenuante de la falta, -que no es sólo en Madrid donde ocurren tan déploralDles beichos. Ha ciudades extranjeras, cuya cultura siempre hemos alabado, que se lamentan del mismo mal y contra él toman sus medidas; lo que nos hace suponer que es mayor y está más arraigado que entre nosotros. Doy la noticia con cierta patriótica satisfacción, y deseoso de contribuir á que se disipe nuestra leyenda. Hace poco he leído en un popularísimo diario de París las protestas de algunas victimas de estos mismos desmanes que lamentamos entre nosotros. Y el cronista que las comenta, nos entera de la existencia del propio exceso galanteador en otras importantes capitales. También descubriendo la extensión de esa costumbre, quiere quitar importancia al defecto que censura en sus conciudadanos. Ejemplo que yo imito en estas líneas informativas. En Nueva York- -según asegura dicho cronista- -el director del teatro Lírico, convencido de que las mujeres no pueden andar solas por las calles, ha tenido la ingeniosa idea de inventaruna guardia que las proteja. La mujer que quiere ir á su teatro, y no puede ó no quiere llevar compañía, tiene la organizada por la Empresa con sólo pedirla por teléfono. Un mocetón, con uniforme azul celeste por más señas, se presenta en su casa, la acompaña al espectáculo y la recoge á la terminación dejándola en su domicilio. Precio: un par de doUars. Convengamos en que es económico y práctico el procedimiento, si bien para empleado entre meridionales pudiera tener el mismo peligro que trata de evitar. Convengamos también en que allí deben andar peor las cosas que por acá, lo que ya supondrá quien esté enterado del reciente percance del tenor Caruso. A propósito de aquel suceso, los periódicos arremetieron contra las audacias callejeras, y hasta un caricaturista presentó un modelo de traje femenino para defenderse de lo. s audaces. No puede negarse que allí existan, pues por un solo caso no se hubiera hecho tan enérgica campaña. También existen en Roma- -según el cronista cuyo patriotismo imito, -y sus extralimitaciónes han debido ser tan graves como numerosas, puesto que hicieron necesaria una liga, si no para cazarlos, para tenerlos á raya por lo menos. En efecto; los maridos se han asociado para la mutua defensa de sus mujeres, y han convenido en castigar á los irnprudentes á bastonazo limpio siempre que cometan eTsucio delito de in conveniencia. Es de suponer que las señoras casadas llevarán algún distintivo, á fin de qúfrssus defensóresTas conozcan, y que éstos no ostentarán ninguno para no escamar á los inipertinentes galanteadores. Supuesta asimismo la honorabilidad de los asociados, creamos, sin más razones, que no se aprovecharán de la gratitud femenina, sembrada por sus nobilísimos. actos. Todos sabemos que en otras capitales extranjeras hay penas para semejantes audacias, lo que implica naturalmente, que esas audacias xisten. Y si yo tuviera tiempo para proporcionarme los datos necesarios, presentaría al lector la universalización de tan fea costumbre. Aunque basta con lo dicho para demostrar que en todas partes cuecen habas, y que no, sólo entre nosotros hay hombres desaprensiivos capaces dé ofender á la bella mitad del género humano Consolénronos, -por ahora, con la noticia de que los rescos- -por no llamarles de otro modo- -viven hasta en los más calurosos climas. Esto no obstante, sigamos la justa y saludable campaña contra sus demasías. Procúrenlos, sobre todo, enseñarles que si á la mujer que pasa se la puede dedicar una flor, no se la debe jamás ofrecer un cardo... GIL PARRADO