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No cantaba tampoco por necesidad ni por verdadera vocación artística. Protegida por un millonario, gastaba en trapos, en adornos y en los mil caprichos de una mujer elegante y acostumbrada al lujo, mucho más de lo que con su profesión ganaba. Ser artista era en ella un capricho más. Veia en el teatro algo que la daba una categoría social y la elevaba sobre el nivel de la vida galante. Su vanidad de mujer mimada por la suerte la hacía creer á veces y dar á entender siempre que era una verdadera artista, que sólo necesitaba un poco de estudio para brillar como estrella indiscutible del arte lírico que se sirve al por menor en los teatros por horas. Pero ¡era tan perezosa! ¡Resultaba tan aburrido el estudio para su linda cabecita frivola! Aquella noche cantaba mal; peor q u e d e costumbre. I a obra q n e s e representaba era conocidísima. Tiempo hacía que la habían popularizado los organillos. Tres ó cuatro veces desafinó lamentablemente la tiple, y aunque quiso suplir las deficiencias del canto exagerando la desenvoltura del tipo que representaba, el público no cayó en el lazo. Había cierto ambiente de hostilidad en la sala. Primero hubo carraspeos, luego aislados conatos de bastoneo, y, por x ütimo, manifestaciones francas y groseras de desagrado, cuando la c f 7 7? tf intentó hacer repetir un número. Rabiosa y despechada, la comedianta empezó á hacer su papel de cualquier modo. Había algo de provocación y de reto en el descaro con que acentuaba las actitudes y los gestos. Quería aparecer serena, displicente y despreciativa ante aquel público que no se rendía á la magia de su hermosura ni la guardaba las consideraciones que, á su parecer, le eran debidas. El director de orquesta hizo una mueca contenida de desdén y contrariedad al ver cómo se apartaba de la música la cantatriz, y acentuó los movimientos de la batuta con alguna nerviosidad, como si la tenue varilla, cetro de ios sonidos, fuese un imán capaz de recogei la descarriada voz de la cantante. El maestro se explicaba perfectamente la actitud del público y algo participaba también, sorda y ocultamente, de la hostilidad de los espectadores. Le humillaba que aquella mujer, sólo por ser hermosa, desenvuelta y elegante, fuera laprimera figura del teatro, mientras que él, pobre musicasti- o no comprendido, ganaba con mucho trabajo un puñado de pesetas. Un sentimiento en que se mezclaban la envidia y el. desdén artístico, le hacía alegrarse del mal rato que estaba pasando la tiple. Malo lo estaba pasando, en efecto. Se iba apoderando de su alma un rabioso despecho al v e r l a persistencia de las burlas del público, A pitorreo, como decía ella. Su soberbia ia hacía sentirse víctima de una grosera y bnital injusticia. Si hubiera sido algo psicóloga (que no lo era) habría comprendido que en aquella malquerencia de los morenos latía cierto rencor celoso contra una mujer demasiado hermosa, demasiado encumbrada para estar al alcance de los deseos que despertaban sus gracias. Aquella belleza inaccesible, que no podía ser de ellos y era de otros, ricos y afortunados, despertaba inconscientemente en los espectadores im obscuro sentimiento de vio lencia ancestral, que se tra, ducía en el vulgar y enojoso 1 pateo. Cayó el telón entre toses, bastoneo y algún que otro descortés silbido. Furiosa la tiple, corrió á su cuaito, y allí la ira contenida rompió en un chorro de injurias: ¡Partida á golfos! ¡Hato de sinvergüenzas! ¿Habrá ladrones? Salían las palabrotas de los frescos y purpurinos labios de la actriz crudas y groseras, con toda la desnudez de la jerga plebeya, esc u p i d a s por la cólera de aquella linda boca, I as madres y las esposas de los espectadores resultaban nialtratadísiraas en su fama, y ellos tachados de las más oprobiosas a b e r r a c i o n e s Ninguno de los eufeinismos que se ve la pluma obligada á estampar, velaba aquel torrente de improperios. Sentado en un rincón del cuarto, la oía despotricar, convulsa y encendida su protector, el hombre que la había puesto coche y la había llenado de joyas. I aveía en aquel momento 1 al como era, con el poso plebej- o que entonces salía á la superficie, y que, rompiendo e aparente barniz de distinción y elegancia, venía á delatar su humilde origen y les azares de su vida bohemia. Y una amarga oleada de desprecio s u b í a desde lo hondo del espíritu de aquel hombre que no era enteramente vulgar; desprecio hacia ella, que mostrábase tal como era; desprecio hacia sí mismo, por haber puesto su pasión en la mujer que impensadamente le esiaba enseñando el alma. rcr E. GÓMEZ DE BAQUERO DJEUjOS DE! Ú O- iLZ BRINCA