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I LA CAMISA V OY a estrenar una camisa nueva. Hela aquí limpia, bien planchada, coq letona, brindándome con los dulees atractivos de su virginidad. Gon sólo mirarla, ya me siento invadido por esa alegría que da la ropa limpia y que llega plenamente al espíritu, penetrando por todos los sentidos. Mas antes de saludarla con toda la efí don que se debe a u n a cosa que va á- formar parte de nuestro propio ser, qi ero despedir á la camisa viejas á esa pobre camisa que hoy abandono por inútil, sin respeto á sus antiguos Hiéiitos ni á los srevicios que ládebo. ¡Du- a ley de la vida es esta pennanen; e ingratitud humana, base y fundan; ento de la moral utilitaria ¿Será lícito enternecernos un poca al despedirnos para siempre de algo que nos sirvió en un tiempo, que se sometió sin protestas á nuestra voluntad y que supo brindarnos gratamente el decoro de subrillo, para extender y realzar el nuestro... Yo m e e n t e r- ais i nezco, aunque no sea lícito... No puedo olvidar que esta camisa, próxima á desaparecer, ha sido mi fidelísima compañera, que ha vivido muy cerca de mí, que m e h a a y u d a d o á justificat el papel que desempeño más por costumbre que por vocación... Pero después de dedicarla. el recuerdo que por clasificación. la corresponde, quiero, ante, esta camisa, lamentarme de la inútil vanidad. de los servicios que nos. prestan todas las de su especie. babemos que el hombre feliz no tenía eamisa, y sabemos también que vivía completamente alejado- del trato de sus semejantes y d é l a s ventajas que proporciona, lo que nos permite asegurar de una manera rn- tunda que la camisa es una conquista de la sociedad. A la sociedad pertenece, en efecto, la camisa; de tal modo que puede decirse, sin audacia metafórica, que todas y cada una de las camisas ciudadanas pertenecen á todos y cada uno de los ciudadanos. No me refiero, naturalmente, al uso: propio, íntimo y personal de la prenda, circunscrito á su individual adherencia, más sí á ese usufructo tácito y consuetudinario que nos obliga á una costosa y molesta servid. trabre. Nuestra camisa es para los demás. Y he aquí lo que hace de tan modestísima prenda una finca de gravoso entretenimiento. Así por esta camisa, ante cuyo cadáver he derramado una lágrima, yo he tenido que pagar el cuadruplo de su valor como una de tantas contribuciones indirectas que la sociedad me impone. Supongo que me ha durado un año y sólo la asigno- -dándola entrada en el turno correspondiente- -una vez por semana, de lavado (15 céntimos) y planchado (50 céntimos) lo que arroja un total de 33 pesetas con 80 céntimos. Y como no quiero extremar mis razones, deduciré de esta suma las siete pesetas 80 céntimos á que asciende el importe de las semanales lavaduras, puesto que no necesita la sociedad imponerme tal medida de aseo y limpieza que soy el primero en dictarme y acatar. Quedan, pues, 26 pesetas de planchado; ¡26 pesetas invertidas en proporcionar á mis contemporáneos el inocente placer de la brillante integridad de mis puños, de mi cuello y de mi pechera... He aquí cómo esta pobre camisa, al igual que todas las de su especie, valió per accidens lo que per sé no valia... ¡Desagradable símbolo del hombre que las gasta, que vale menos, muchísimo menos de lo que cuesta... Voy á hacer una frase: el conservar las apariencias de ciudadano es más caro que alimentar las realidades de hombre... Voy á hacer otra frase; la vanidad es una de las fuentes de la riqueza. Y ya que he, dedicado cuatro vaciedades ó ligeras consideraciones á una vanidad, aprovecho la ocasión para saludar á las lindas obreras que, gracias á esa vanidad, viven de su honrado trabajo. Aludo á las alegres planchadoras, á quienes envío desde este sitio el testimonio de mi más profunda simpatía. fS ANTONIO PALOMERO DIBUJOS DE MEDINA YER