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Nasuno, montando de nn salto sobre su caballo, se lanzó al mar como un monstiuo d é l a s aguas, y aprovechando un instante en que la barca que en arbolaba el abanico se alzaba sobre las olas, tendió el arco y disparó la flecba. Dos gritos de rabia y uno de triunfo sonaron simultáneos, mientras la princesa se desplomaba sin sentido en el fondo de su barca, ha flecha de Nasuno, después de romper en mil pedazos el botón de esmeralda, había clavado el abanico sobre el mástil de la barca. Pero entonces el. daimio le dijo: -El arco con que has disparado esa flecha está encantado. No ere; leal. Si quieres lograr á la princesa, habrás de descubrir el misterio del arrozal. ¿Te atreverás á ir? -Iré, daimio. Pero ¡ay de ti si de nuevo mientes! Y partió con el alma rota en más pedazos que la esmeralda del abanico de Sotorishinia. Las últimas estrellas brillaban en el cielo cuando Nasuno se dirigió hacia el arrozal. El samurai llegaba ya al término de su viaje, cuando una bandada de cigüeñas levantó el vuelolanzando roncos gritos, perdiéndoseluego en las profundidades del espacio. Rápido como el rayo, el samurai tendió su arco y disparó, una tras de otra, varias flechas sobre las altas yerbas en el punto de donde habían salido las cigüeñas. Furiosos aullidos de dolor respondieron á los disparos. El arrozal se agitó violentamente, como las olas del mar sacudidas por el viento, y un tropel d asesinos emprendió la fuga. Impasible, Nasuno continuó disparando y con cada flecha clavaba un hombre al suelo, y después, cuando ya no vio más enemigos, galopó hasta la residencia del daimio. Llego, y sin apearse, trazó sobre una flecha estas palabras: Me enviaste á descubrir el misterio del arrozal. Helo aquí, con mi venganza y apoyando la flecha sobre el tirante nervio, disparó, atravesando el pecho del traidor Tairanomasa. Al día siguiente el samurai yacía, con el vientre abierto por su propio sable, entre las rosas y loscrisantenios, en donde vio por vez primera á la pérfida Sotorishiraa. Los cuervos trazaban anchos círculos en el aire. Así murió Nasuno, y así siguen los Taira y los Minamoto ensangreútanao con sus odios las Islas Blancas. HATO H I R O G A W A DIBUJOS DE XAUDARÓ