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jardines de palacio, con su arbolado denso, sus blancas estatuas, sus estanques espejeantes, y, más allá, detrás ele la fuerte Verja que defendía los jardines, un suburbio de la gran ciudad, un barrio pobre, de casuchas bajas, le huertos cercados por palitroques y murallejas ruines... La atención de la princesa no se fijaba en el. parque regio; en cambio, no se apartaba su vista afanosa del barrio pobre. Lo verdaderamente nuevo y desconocido para ella, allí se encontraba. A tal distancia, los detalles, repugnantes desaparecían, y sólo se apreciaba lo pintoresco, lo vario, lo picante de tal vivir. Por la carretera que cortaba el barrio pasaban carros cargados, borriquillos abrumados bajo tiestos de flores ó serones de hortaliza, coches de línea, enormes galerones, tal vez. un jinete entre nubes de polvo. Las mujeres trajinaban, disputaban, se agarraban, daban de mamar á s u s crios en plena calle; detrás de los tapiales, por los mezquinos huertos de coles y habas, á la sombra de un re- tuerto manzano, los enamorados se pasaíjan la tarde mano á mano y juntos. Y Querubina, meditabunda, triste, sublevada, murmuraba: Son libres. ¡Qué existencia tan dichosa! La forja de un herrero, especie de cíclope que trabajaba sin cesar, era el punto m. ás cercano en que podía fijarse la princesa. No oía el ruido del martillo sobre el yunque, pero divisaba la aureola de chispas que levantaba y que le rodeaban de una lluvia luminosa. El ansia de entrar en aquella forja llegó á ser en Querubina una obsesión. El trabajo del cíclope la parecía algo sobrenatural. En su ignorancia de lae realidades, desconocía la vulgar tarea del herrero. ¿Qué labraba, para alzar así centellas de oro? ¿Por qué no la era permitido bajar y recorrer el barrio humilde, recorrer el ancho mundo? Un día rogó á su padre que la consintiesen salir de la torre. La cólera del rey la hizo callar y prometer obediencia... Pero así que la noche descendió, muda y protectora, Querubina ató unas á otras sus fajas de seda turca, fuertes y flexibles, y aman- ó el cabo al balaustre de su mágico y perfumado balcón. Sin miedo alguno, cabalgó, se agarró y se dejó deslizar lentamente, girando u n poco, -con instinto seguro. Llegó al suelo, soltó, el cabo, saltó y echó á andar hacia la verja, en dirección al lugar que ocupaba la casuca del herre To. Su corazón palpitaba de alegría. La verja era i,i n obstáculo; Querubina lo había previsto; llevaba sus limas de tocadoi- de oro y acero; limó pacientemente, con energía; al fin vio rota la barra, y su cuerpo fino p u d o deslizarse afuera. ¡Qué gozo! Pisando barro y detritus, llegó á la fragua... -Amanecía. -El robusto herrero se había puesto á s u diaria ta- rea. Al ver á la gentil damisela que le miraba con ardiente interés- -que miraba su labor, su faena extraña, -el jaj án sonrió, avanzó, tendió los brazos negros de escoria, y apretó contra su pecho de oso á Querubina... r P r V- tmif p Y el rey, loco de rabia, buscó á la princesa inútilmente. Porque la creyó raptada de algúu príncipe gallardo y atrevido, y declaró á varios la guerra, sin sospechar que, á des pasos de palacio, andrajosa, ahumada, maltratada, sujeta por el miedo y la vergüenza de su degradación, Querubiua ponía á la lumbre la escudilla del bárbaro m. iridn... Tnl fué la libertad de la princesa. EMIDA P A R D O B A Z A N DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA