Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 i i i j líí íi. Vol iU iís por misteriosa, afiligranada galería. Es costumbre de los reyes que figuran en los cuentos esto de encerrar a las princesas en corres, y los viejos romances narran casos lastimosos, como el de Delgadina, muerta de sed; pero este rey de mi historia, en vez de emparedar á su hija con objeto de maltratarla, se proponía lo que se propone el devoto al cerrar con llave el sagrario: dar digno asilo al Dios que adora y resguardarlo de la multitud profana ó sacrilega. La torre de Querubina fué, pues, fabricada con los mármoles y jaspes más ricos y las maderas más odoríferas é incorruptibles, donde el gusano no hinca el diente. En su decoración interior se agotó la fantasía y la habilidad dé los mejores artistas, siendo cada estancia y camarín un asombro de hermosura, lujo y gusto. Desde el cuarto de baño, todo revestido, de cristal, hilado de Venecia, que imitaba cascadas irisadas y diamantinas cayendo en la pila, enorme concha también de cristal, con orla sinuosa de corales y madreperlas, hasta el camarín donde la princesa pasaba las tardes, y que revestían franjas de oro cincelado y esmaltado, sujetando paineles de miniaturas deliciosas en marfil- -todo era un sueño realizado, pero un sueño de refinamiento y poesía tal, que la reina de las hadas no pediría á los silfos qrxe le construyesen otra residencia, sino la de Querubina. Estaba mejor que quería la princesa. Esclavas hábiles en tañer, cantar y bailar, la daban conciertos y armaban zambras para divertirla; esclavas cocineras la discurrían golosinas y piperetes y refrescos para los días calurosos; esclavas modistas y bordadoras la sorprendían diariamente con atavíos elegantes y extraños; su ropa blanca parecía hecha de pétalos de azucena; sus joyas y collares eran rayos de soles ylágrinias de. la aurora. Y, sin embargo, la princesa, desdeñando con hastío profundo j creciente todo el aparato y la complicación de los goces sin cesar inventados para ella, sólo experimentaba verdadero placer cuando se asomaba al balcón volado de su camarín. Ciertamente, el balcón era la perfección de los balcones, cuajado de columnitas de alabastro, tan finas que alarmaba su fragilidad; y corría por sus arcos y capiteles ornamentación de griega pureza, copiada por un gran escultor d é l o s frisos helénicos. El antepecho estaba almohadillado y rehenchido, para que la princesa no sintiese, al apoyarse, el frío del mármol. Una enredadera de hojas de terciopelo y flores rosa, que despedían olor á almendra, se enroscaba á las columnas, con estudiada coquetería. Arrastraban hasta el balcón el taburete de Querubina y allí se estaba la princesa las horas muertas, sin cansarse nunca, fijos los ojos en lo que desde el balcón podía dominarse. En primer término, los solitarios