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DVMCCÍ KEVISTA LUSTRADA ANO X V J M A D R I D 16 DE MARZO DE 1907 f N Ú M 828 l 1 M: EL BALGON DE LA PRINCESA sta era una de las princesas más liliales y exquisitas que la imaginación pue 3 e concebir, no acertando la pluma ni el pincel á trasladar su imagen, de puro idealmente bonita que la había, liecho Dios. Figuraos una carne virgen y nacarada, como formada de hojas de rosa té y reflejos de perla oriental; u n a cascada de cabelloflúido, solar, esparcida por la espalda y juguetona en dorados copos ligeros hasta el borde de la túnica; unas formas gráciles y castas, largas y elegantes, nobles como la sangre azul que Ifc corría por las venas y se transparentaba dulcemente al través de la piel de raso; unos ojos inocentes, santos, inmensos, en que copiaba su azul el infinito; una boca risueña, fragante; unos dientes cristalinos; unas manos largas, tal ancas como hostias; y aun sumando tantas perfecciones, os quedaréis muy lejos del conjunto que se admiraba en la princesa Querubina. ¿Se admiraba he dicho? Temo que sea inexacta la frase, porque, sujetándonos á la estricta verdad, la princesa Querubina no podía ser admirada, en atención á que casi nadie la había visto, llegando al extremo algunos de sus vasallos de poner en duda su existencia. Fué el caso que el rey, sintiendo una especie de culto de adoración por una hija que no se le parecía en nada (el monarca era fornido, batallador, rudo y terrible) dio en la peregrina manía de pensar que, siendo el mundo y la humanidad un hervidero de maldades, brutalidades y crímenes, un ser tan delicadc y celeste como Querubina debía mantenerse siempre lejos y por cima de las miserias del existir. No quería el rey meter á Querubina en un convento, porqiie, además de convenirle recrearse con su vista y conversación, la idea de que la princesa mortificase con penitencias y absti- E