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t -H LOS GLOBOS s lino d é l o s hombres a quienes 3 0 he admirado mas aquel arriesgado Fernández Duro, valiente español que pretendía la conquista del aire, así como los antiguos españoles aspiraban á la conquista de toda la tierra. Yo le admiré porque se elevaba, porque tenía alas, porque podía ir subiendo en el espacio, cada vez más arriba, más arriba, en dirección del cielo... ¿Cuándo podremos volar los hombres? ¿Cuándo rectificaremos la injusticia de la Naturaleza, que di S alas una golondrina miserable y no se las dio al hombre? ¿Para qué quiere sus alas, el don de volar, el don de elevarse, un miserable animalejo? En cambio, si ñosotro s los hombres tuviésemos dos alas bien fuertes... Si las tuviese yo, y que fueran á la medida de mi fantasía... Pero un día llegará en que los sabios puedan ofrecernos alas: llegará un día en que los globos dirigibles pasearán por el espacio, y entonces... Entonces, cuando llegue aquel sublime día de la liberación, los hombres serán casi divinos, porque se habrán desprendido de esta pobre esclavitud de la tierra; porque se familiarizarán con las alturas y con los grandes horizontes; porque sus frentes se subirán hasta las mismas nubes; porque todo el barro de las llanuras terrenas quedará allá bajo, para los gusanos. Entonces seremos más altivos, y á la vez más buenos... ¿No habéis soñado nunca con el magnífico espectáculo del cielo lleno de hombres, lleno de globos anhelantes que querrán remontarse arriba, más arriba, más arriba siempre? ¿Los hombres que se habrán depurado con la vecindad de las nubes, con la contemplación de las montañas, con la amplitud sorprendente de los horizontes? ¿No habéis visto nunca en vuestro sueño una multitud de globos poblando el aire, navegando en dirección de las estrellas, con el anhelo de la superación, con la noble angustia de subir, siempre subir, hacia la altura más alta en donde está la bondad mayor, el triunfo mayor... ¡Todo el cielo poblado de globos, como almas anhelantes... Y todos tendríamos nuestro globo ala medida de nuestra fantasía, y con él iríamos á los lugares que hemos au. Dicionado, á los rincones floridos del mundo. Con nuestro globo huiríamos lejos... Todos tendríamos un globo... Yo también tendría el mío... ¿Y adonde iría yo? Acaso iría á ver las llanuras del Asia, en donde duermen su sueño diez veces milenario aquellas grandes ciudades que lo tuvieron todo, que todo lo supieron; acaso me remontaría hasta los países abruptos del Norte, á contemplar, desde la cima de un monte nevado, cómo el sol se acuesta en el mar para dormir su sueño de medio año; acaso vagaría por los abiertos Océanos, siguiendo el vuelo errante de las gaviotas; ó tal vez rodaría vertiginosamente en torno de la tierra, para circunvalar cien veces esta bola absurda y fenomenal por donde ahora nos arrastramos. Pero finalmente buscaría en mitad del Océano una isla tropical y abandonada en que no hubiese hombres, sino acaso una mujer... Una de aquellas islas cuajadas de exóticas flores perfumadas, Tientes, llenas de rayos de sol y de brillantes colibríes; aquella isla dorada adonde se dirige nuestra imaginación. cuando sufrimos, cuando soñamos, como u n globo veloz é hinchado... ¡El gran globo de nuestro deseol J. M. a SALAVERRIA DIBUJO DE ESP