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¿Y por qué se ha salido usted de allí? -Porque los niños daban muclio trabajo. ¿Tiene usted informes? -Sí, señora. En esa misma casa y en casa de los señores de Méndez, Arganzuela, 37- ¿Cuánto quiere usted ganar? -Pues misté, señorita, estando j 5 ar ¿foí í; Guatíío duros. -Nosotros no podemos dar mas que tres. Yo ayudo digo, y los guisos que aquí se hacen no son complicados. En fin, tomaré informes, y p u e d e usted venir á saber la contestación mañana por la tarde, -Está bien, señorita. Acabada la entrevista, la señora de Rodríguez pensó: No me gusta el tipo de sslápingojia. Además, cuatro duros es imposible que podamos darlos. Esperaremos otra. Vinieron, efectivamente, otras muchas, y todas fueron sometidas á idéntico examen. No hay que decir que ninguna de ellas llenó del todo á la señora de Rodríguez. Ea criada fenómeno seguía jin parecer. Por esto, al cabo de dos días de ver caras nuevas, decidióse el ama de la casa por una alcarreña coloradota, á la que dijo: -Mañana venga usted á quedarse y tráigase el baúl. Y, en efecto, al siguiente día vióse á dos mozas atravesar Madrid, llevando entre ambas y cogido de las asas, un viejo baulillo forrado de piel. De vez en cuando las mozas descansaban y cambiaban de asa para cambiar de mano... Eran la alcarreña y una compañera suya que la prestaba este servicio. Los señores de Rodríguez tuvieron criada. Que por cierto fué sometida á la alocución que las señoras llaman lectura de la cartilla: -Aquí no tendrá usted mucho trabajo. No somos en la casa más que el señor y yo. El señor se va á sus ocupaciones por la mañana temprano y no vuelve ha. sta la hora del almuerzo; después se vuelve á mar cuenta que yo sé los precios corrientes de todos los artículos. Ea cocina la quiero muy limpia, 5 la ventana cerrada. No me gusta que hablen ustedes con las criadas de la vecindad y menos, con los porteros. Supongo que no tendrá usted novio y que volverá tempranito de paseo. Saldrá usted un domingo si y otro no. Repasará usted la ropa y planchará lo liso. Las camisolas del señor se dan á la planchadora. Ya ve usted que el trabajo no es muy duro. Queriendo, üuede usted cumplir perfectamente. Pero no cumplen. Y es natural. Las dueñas de casa quieren que sus domésticas tengan un gran talento sin pensar en que si lo tuvieran no las servirían por dos reales diarios. La alcarreña de mi relato procuró dar gusto á sus amos; pero la fué imposible. La señora de Rodríguez se dedicó á espiar todos sus actos y á vigilar los menores detalles. Así descubrió que alas ocho déla mañana su criada dormía. Así notó que las doce tazas de Chinase habían convertido en nueve. De esta manera se apercibió de que la azúcar duraba menos que de costumbre. Y de este modo, en fin, se convirtió en enemiga de la palimla y se quedó otra vez sin doméstica. Pues un domingo en que ésta achicharró la comida y volvió de paseo cerca de las ocho, fué despedida tras una escena violenta. Los señores de Rodríguez están, pues, sin criada, Y así lo estarán casi siempre. Porque es muy difícil conseguir en estos tiempos, en que la esclavitud se ha abolido, que una mujer, por 15 ó 20 pesetas mensuales, tenga, á más de un cerebro perfecto, las obligaciones siguientes; Levantarse á las seis de la mañana, arreglarlas habitaciones, limpiarlas ropas, ser fiel y honrada, guisar medianamente, no tener novio, no hablar con nadie, no entretenerse en los recados, acompañar á la niña, (3 quizá al novio de la niña) tener buenos informes, esperar á que los amos vuelvan del teatro, salir dos veces al mes y dormir en el cuarto más pequeño y peor ventilado dc la casa... LUIS DE T A P I A DIBUJOS DE SA, CHA char y no regresa ha. sta la noche. Es necesario que la comida esté z sus horas- arreglo de los cuartos lo hará usted tempranito. A m i m e gusta que la gente madrugue. Ii- á usted á la compra; pero, tenga en