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trifi) Upuc A Tioveclad d e l orden culinario que hoy ofrecemos á nuestras lectoras es u n a importación de China; pero no se alarme su delicado paladar con este anuncio, p o r q u e no se trata d e nada parecido á los nidos de golondrina y otros manjares excesivamente chinescos. El Extremo Oriente, dice con mucha razón Max Riviere, ha tomado tantas cosas de noso os desde hace algunos años, in luso el frac negro, de rigor en a corte del Mikado, que bien podemos permitirnos nosotros tomar algunas -osas de cocina DC R O A Creemos que la original receta de los buñuelos de rosas no dejará de obtener un gran éxito entre nuestras lectoras y que no tardará en hacer furor, pues los Vatel del Imperio de Enmedio- eservan los honores de la fortuna para las rosas principalmente. Trajo la. receta á París una señera que había residido en Pekín durante cuatro años, y dé ella es copia fidelísima la que, sin más preámbulos, comunicamos á nuestras lectoras. Escoged rosas bien abiertas, cogidas por la mañana temprano, cuando todavía se encuen- que vengan á variar agradablemente nuestros menús. T Se trata de un plato exótico y original: los b u ñ u e l o s de rosas. A primera vista parece un contrasentido destinar al gusto del paladar las flores, que hasta ahora sólo estaban destinadas á recrear nuestra vista y nuestro olfato; pero en realidad constitu 3- e un progreso esto de poder disfrutar de su aroma con un sentido más. Flores hay de bellísimo aspecto y de encantadora fragancia que son desagradables al paladar, pero afortunadamente la rosa no está en esa categoría y su esencia se ha empleado desde muy antiguo para aromatizar las m á s g u s t o s a s golos: na, s. tran húmedas de rocío; lavadlas cuidadosamente y depositadlas en una cacerola de porcelana ó de barro. Mientras batís la pasta (bastante espesa) preparada de antemano con huevos, harina y agua, el aceite de oliva que habéis puesto al fuego entra en ebullición. Deshojad las rosas en un bol de cristal y batid rápidamente los pétalos en la pasta á fin de que se impregnen bien. Retirad las hojas en pequeñas porciones y dejadlas caer e n el aceite. Los buñuelos así obtenidos se inflan instantáneamente, y si los retiráis en seguida, conservan el color de la flor, rosa, blanca ó amarilla.