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celos? Mira, mtijer, yo los odio, yo los abomino, yo no los sentiré nunca. Desearía ser hombre, predicador ó uno de esos grandes oradoi- es ue hablan en el Congreso, para curarte con mis palabras y mis razones de tan innoble pasión. Luisa, por lo que más quieras en el mundo, no seas celosa, tira esas malditas gafas. (Suena el timbre de la puerta. LUISA- ¿Han llamado? ¡Será Antonio! (Aproximándose á la puerta y co? t alegría. ¡Sí, él es! (Acercándose á Asunción y mirándola recelosamente) Qué bonito color tienes hoy; te sienta muy bien ese peinado. ASUNCIÓN. (Amargamentey en voz queda) ¡Las gafas, las gafas! (Entra Antonio) ANTONIO. ¡Hola, primita, no creí encontrarte por aquí! ASUNCIÓN. -Hola, primo, he venido á pasar la tarde on tu mujer. ANTONIO. -Lo celebro por Luisa y por mí. ¡Sabes que estás guapa! LUISA. (Tosiendo e inquieta) ¿No... no has visto por fin á esos señores... ANTONIO. -Sí, ya se arregló el asunto. (A Asunción) Y qué elegante has venido; da gozo tener u n a prima así. LUISA. (Más inquieta) ¿De modo que has visto por fin á esos señores... ANTONIO. ¡Sí, mujer, ya te dije que los he visto! Toma, y á quien he visto también ha sido á Alfredo. Ya me puedes dar algo, Asunción, por traerte noticias suyas. ASUNCIÓN. ¿A Alfredo? íit ANTONIO. -No sólo le he visto, sino que le he acompañado largo trecho. ASUNCIÓN. ¿Dónde? ANTONIO. -Desde la puerta del Sol hasta la calle del Barquillo. Iba... ASUNCIÓN. -f 7? z fla íHfe. yl ¿Dónde? ANTONIO. -A casa de las de Fortunio, que reciben hoy como miércoles. ASUNCIÓN. ¿A casa de las de B ortunio? Siempre me lo sospeché yo. ANTONIO. -Vaya u n hallazgo; yo no lo sospeché, yo lo sabía... ASUNCIÓN. ¡Cómo! ¿tti sabías que á Lolita Fortunio le gustaba Alfredo, y que Alfredo por su parte... ANTONIO. -Pero yo qué he de saber eso, criatura; yo sabía que recibían los miércoles ASUNCIÓN. -Di, prima. ¿No podría acompañarme tu doncella... LUISA. -Sí, sí, sí, en seguida, en seguida. (Hace ademán de salir, después retrocede y toca el timbre) ANTONIO. ¿Pero dónde vas con esa prisa? ¿No habías venido á pasar la tarde... ¡Ah, y a caigo, te lleva el corazón á casa de las de Fortunio! ASUNCIÓN. -Voy p o r q u e reciben los miércoles nada más. ANTONIO. -Eso quise decir. LUISA. -Déjala, hombre, déjala, qué afán de echarlo todo á broma. (A la doncella) Arréglese usted en seguida, que tiene que acompañar á la señorita. ANTONIO. -Pues vas á hacer efecto, porque estás hoy muy guapa. LUISA. ¿De modo que has visto según parece á esos señores, y... ASUNCIÓN. ¡Cómo tarda esa mujer! ANTONIO. ¡Pero prima, que vas á romper los guantes! LuLSA. ¿Y á ti qué te importa que los rompa ó no? ANTONIO. -A mí nada. Pues señor, no entiendo le que sucede aquí. ASUNCIÓN. FÍOTí o aparecer á la doncella. ¡Por fin! Adiós, prima; adiós, primo. ANTONIO. -Adiós, adiós, pareces un automóvil, ¡vas á aplastar á alguno: APUNCIÓN. -Voy... yo sé á lo, que voy. (Sale rápidamente) Lvis (Gozosa) Sujétate bien las gafas ahumadas. ANTONIO. ¿Las gafas ahirmadas? ¿Pero Asunción usa ese chi. sine t. -iii feo. juástxma de ojos, po -onf cuidado que los tiene bonitos. VT. s. (Airadamente) ¡Antonio! (Sollozando) ñusús Jesús, que desgraciada soy; tenía razón Alfredo! (Llorq. ANTONIO. ¿Que Alfredo tenía razón? ¡Pero Dios mío! ¿qué pasa en esta casa? Asunción desaparece con gafas ahumadas, tú lloras y Alfredo tenía razón. No entiendo una palabra de todo esto; ¡afortunadamente á los maridos de comedia siempre nos sucede lo mismo! lofá D nOURE E T s- jio: DE MÉÍ; ET B: I! GA