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i. -síí. ASUNCIÓN. -Compadécele aún; la que lia sufrido horriblemente con sus injustos é insaciables celos he sido yo. Por eso, desde que hemos reñido, y esta vez para siempre, te lo juro, estoy como en la gloria. ¿Tú crees que si hubiéramos seguido en relaciones habría podido siquiera venir á pasar esta tarde contigo, á charlar tranquilamente en tu casa? LTIISA. ¿En mi casa? ¿Por qué no? ASUNCIÓN. -Porque... Vaya, si me da tanta risa y tanta rabia, que no sé cómo decírtelo. Porque Alfredo, ¿vés tu qué disparate? ¡tenía celos hasta de Antciiioi LüiS- A. ¿De Antonio? ¡De mi marido! ASUNCIÓN. -De tu señor esposo y primo mío. ¡Jn ín: Luis. ¿Pero él había visto algo? ASUNCIÓN. ¡Duisa! I UISA. -Tienes razón, mujer; perdona... perdo: ia... Afortunadamente Antonio no está en casa. ASUNCIÓN. ¿Afortunadamente? ¿Pero qué dic? fi, prima? ¿Qué importa que tu marido esté ó no esté... ¡Dios mío, Luisa! ¿por qué te habré contado yo... ¿Eres acaso como Alfredo? DuisA. -Soy... soy muy desgraciada, Asunción; oy muy desgraciada. (Rompiendo á llorar. ASUNCIÓN. -Vamos, vamos, mujer; no llores de esc modo, ten calma, cuéntaiue... IvtTiSA. ¡Antonio me eiígaña! ASUNCIÓN. ¡Qué desvarío! DuiSA. -Sí, me engaña, me engaña. Hace tiempo que lo sé á ciencia cierta... ASUNCIÓN. ¿Pero quién es la... DuisA. -Eso no lo he averiguado todavía. ASUNCIÓN. ¿Cómo sabes entonces? DuiSA. -Porque lo sé como he de morirme. ASUNCIÓN. ¿Tú lias sorprendido alguna carta? EuisA. -No. ASUNCIÓN. ¿Has escuchado alguna conversación? IvüISA. -No. ASUNCIÓN. ¿Te ha dicho algún embustero que le ha visto en cierta parte con tal ó cual persona... LUISA. -No, no. ASUNCIÓN. ¿Entonces? L U I S A -T e digo y repito que me engaña. Tú eres demasiado joven aún para juzgar estas cosas. ASUNCIÓN. -Joven, sí; pero en materia de celos tengo la experiencia de una setentona. ¡He miracio tanto al barba... LUISA. ¡Antonio no mira al barba! ASUNCIÓN. -Naturalmente, mujer. LUISA. -Pero mira á las actrices bonitas. Cuando sale el barba, cierra los ojos y dice que el teatro le da sueño. Acaso entonces, con la imaginación se va á otra parte, sabe Dios dónde, y allí le estará esperando sabe Dios quién, y hablarán sabe Dios qué cosas, diciéndose muchas ternezas y juramentos... ASUNCIÓN. -Pero si todo es con la imaginación, ¿qué te importa? LUISA. ¿Y es también imaginario que ahora no está en casa? Salió en seguida de almorzar, pretextando un asunto urgente, y asegurándome que lo más tarde á las tres le tendría de regreso. Son ya las cuatro y media dadas; ¿ha vuelto? Pues ya van siendo muchos les días que hace lo mismo. ASUNCIÓN. -Encontrará amigos, se meterá en el Club, ¡qué sé yo! cuando los hombres enredan la hebra... LUISA. -No, no es esa que tú dices, ¡me lo da el corazón! la hebra que enreda mi marido. ASUNCIÓN. -Vamos, vamos, Luisa; no caigas por Dios en esa maldita pasión de los celos que tanto me ha hecho sufrir; no te parezcas á Alfredo. ¿Por qué no entregarse leal y noblemente al cariño, sin recelarlo lleno de perfidias y traiciones, como si en vez do nacer en el corazón naciese en un nido de víboras? ¿Y no comprendes que así ofendes á Antonio, y lo que es peor, debilitas en su alma la estima que debe á su propia fidelidad, pues viéndola so. spechada por ti, á él mismo le ha de parecer menos digna de respeto? ¿Y lo que irrita la suspicacia injusta? De mí sé decirte que cada vez que Alfredo me prohibía mirar á alguien ó hablar con alguno, deseaba muchísimo má- mirar á aquél y hablar á éste, y á fuerza de acusarme dé traidora, casi estuve á punto de serlo. Los celosos sois como la gente que usa gafas ahumadas. ¿Hay nada más hermoso que ver la luz en toda su claridad, y los olores con todo su imperio? Pues no, señor; para precaver la vista, que si sirve para algo es para eso precisamente, póngase usted gafas ahumadas y véalo todo negro. ¿Para qué sirve el amor, sino es para la alegría de tener la claridad del sol constantemente en los ojos... ¿Y has de ponerte las gafas negraü de los