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LAS DECADENGIAS E llamado á la puerta con un fuerte aldabonazo y he entrado. No hafeía nadie en el zaguán; un reloj de pared dejaba oir su tic- tac; he visto una mesa sobre la que había una sombrilla vieja, un sombrero grasiento y un rimero de periódicos con las fajas íntegras, intactas. É n una rinconera reposaba un despertador parado; en las paredes colgaban llenas, dé polto unas, litografías chillonas, vulgares: una partida de pesca; dos enamorados sentados en un banco; un toro que entra por una ventana y sorprende á unos cazadores que están coniiendo, Como no salía nadie, he dado unas palmadas; he esperado un momento y he. visto aparecer á una sirvienta. ¿Está D. Rafael? la he preguntado. Sí, señor ha dicho ella y ha desaparecido. Poco después he oido una tos y ha entrado el grande, el querido maestro. Yo ya estaba enterado de la profunda transformación que se ha operado en pocos años en la persona del insigne escritor; pero no he podido menos de sentir u n a emoción honda, indecible; era angustia y era sorpresa. El maestro está grueso, pesado; anda lentamente, con movimientos torpes; sus ojos miran y parece que no ven nada; lleva un traje viejo, sin forma, manchado (él que fué antaño tan elegante) la camisa está sucia; no usa corbata; y en su cara flácida, sin afeitar de una semana, cae por las comisuras de sus labios, un bigote lacio, entrecano. ¿Azorín? me h a preguntado el maestro con voz perpleja, tendiendo hacia mí su mano gordezuela, blanda. Azorín, sí he dicho yo, mientras estrechaba su mano lleno de emoción. ¡Ah, Azorín! ¡Ah, Azorín! h a exclamado él como con una. queja, como con una súplica larga en que había mil dolores desconocidos. ¡Ah, Azorín! ¡Ah, Azorín! Querido maestro- -he gritado 5 o bien fuerte, para atajar, para reprimir con e, sta retuiiibancia de la voz un sollozo que se me venía á los labios; -querido maestro, ¿cómo va? ¿Cómo lo pasa usted por aquí? ¡No sabe usted las ganas que tenía de verle! El maestro parecía insensible á mis. palabras. Miraban sus ojos y no veían nada; su respiración era fuerte, entrecortada, como la de. un monstruo herido. De pronto sé ha llevado las dos manos á la cabeza y ha exclamado: ¡Oh, este dolor! ¡Oh, este dolor! ¡Querido maestro, usted se pondrá bueno! he vuelto á gritar. El maestro parecía no entenderme; después, como si la máquina de su cerebro hubiera necesitado un largo espacio para desgran a r mis palabras, ha dicho: Bueno, no; bueno, no. Y un largo y denso silencio se ha hecho entre los dos. Nos hemos sentado después y á malas penas hemos cambiado cuatro frases. No decíamos nada; n recordábamos nada del pasado; no hablábamos de lo que ha ocupado toda. nuestra vida, de lo que se ha llevado toda la energía y toda la luz del maestro y se llevará las mías; pero había: entre los dos, en nuestros silencios y en nuestras palabras anodinas, como un efluvio, como una corriente misteriosa, como un hálito de algo que es inmortal y que sobrevive á todas las tragedias y á todas las decadencias... AZORÍN DIBUJO D 2 J FRANCÉS