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LAS NEVERETAS OR San Miguel una lluvia pasajera descargó sobre los campos sedientos: nacieron las teresitas, vistiéronse las eras de verdura; pero el sol del membrillo agostó aquel brote temprano de vida, y la tierra quedó monda, gris, escandecida por los calores del pasado estío. Ya los bueyes se mantenían á pienso; habíanse agostado los pastos, y los zagales, que de las majadas: iban al pueblo por el hato semanal, llevaban ter- ciadas sobre el ruin borriquillo las ovejas muertas. Fuera parte de las hondas labores y de lo meteorizado del terruño, los pedazos de campo labrantío no se diferenciaban de las barbecheras. El vecindario estaba consternado porque la lluvia deseada no caía. Las gentes miraban al cielo, sordo á las súplicas de los pobres. Entrado Noviembre, y bien entrado, la sequía no terminó. No era posible sustraerse al único sentimiento general, y todos íinhelábamos que lloviera. Nadie, al acostarse ó al levantarse, dejaba de eCharun vistazo al firmamento. Menudeaban los profetas que era un desconsuelo; los más de éstos, en vez de presagiar lluvias abundantes, vaticinaban desventuras y públicos infortunios. Cuál de ellos sacó á relucir, en confirmación de los males que nos amenazaban, el recuerdo de haber aparecido una estrella con rabo por las cabañuelas. Y la simiente tirada pudriéndose sin germinar. De los labradores del lugar, únicamente el tío Chuco habíase obstinado en no sembrar, y permanecía tranquilo. Mullidas tuvo el buen hombre sus heredades desde Santa Teresa; pero la semilla en la cámara la reservó sin arrojai la. Más de cuatro acercáronse al viejo labrador para preguntarle cuándo concluía de sementera. -Ya concluiré, ya- -respondía el tío Chuco. -Vosotros os disteis mucha prisa. Tres días antes de que llueva estará mi trigo en la tierra; mientras tanto, en casa está mejor; allí no se pudre como el vuestro. Oídmelo decir ahora. Hogaño, en Agosto cosecharé cincuenta por uno. Al escucharle, algunos se reían; otros confiaban, y ninguno dejaba de envidiar al viejo. Una mañana el tío Chuco tomó soleta para sus quiñones, y sembró veinte fanegas corridas; las aguzanieves, las pezpitas ó neveretas, que por todos estos nombres son conocidas, iban á la par de los sembradores, y muchos granos pasaban á los buches de aquéllas antes de caer sobre el mantillo. Ya concluyó de sembrar el tío Chuco. Esta noticia extendióse rápidamente por el lugar. Dos días aespués el cielo continuaba azul, sin que por parte alguna parecieran las nubes. Al cumplirse el día tercero, amaneció lloviendo. La alegría fué unánime; las mujeres lloraban y reían á un tiempo. El agua caía, menuda; era la lluvia ansiada, la lluvia otoñal. Y el tío Chuco habló así: -Sembrasteis sin neveretas, brutos, y no merecíais que hubiese llovido tan pronto. ¿Acaso no me habéis oído decir mi refrán, el refrán que yo he inventado? Escuchadle: No hay primavera sin golondrina, ni era sin hacina, ni dicha completa, ni otoño sin nevereta. VIRGILIO C O L C H E R O DIBUJO DE HEG 1 DOH