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el sitio donde todavía humeaba el disparo, cou lo que se encontraban era con la más absoluta soledad. Indudablemente, los grupos de los demás días no habían madrugado, y sólo operaban por su cuenta y liesg- o algunos kabileños aislados que, muy conocedores del terreno, desaparecían tan oronto como daban muestras de su existencia. Nuestros oficiales, contrariados por la inutilidad de aquel paseo militar, nos habían hecho avanzar algunos kilómetros más de lo que les prevenía su consigna; pero convencidos de que nada conseguirían como no llegáramos hasta el mismo campamento marroquí, se disponían á dar las órdenes convenientes para que regresáramos al nuestro, cuando de pronto vimos que los húsares que nos servían de exploradores se detenían ante un repliegue del terreno oculto á nuestra vista por unos jarales. Cuando llegamos á aquel sitio, el espectáculo que nos fué dado contemplar no podía ser más triste. En el fondo de una hondonada de escasa profundidad se veía el cuerpo de un joven, casi un niño, que aunque despojado de la mayor parte de sus ropas, aún conservaba algunas prendas, por las que se venía en conocimiento de que el muerto pertenecía á aquella especie de cuerpos francos formados con los penados de Ceuta, que se habían ofrecido voluntariamente á tomar parte en la campaña. En el cadáver apenas había sitio que no mostrara la sangrienta huella de los yataganes y gumías de los feroces rífenos. Sólo el rostro había sido respetado, dejando adivinar por la contracción de las facciones los terribles tormentos de la víctima. De los últimos que llegaron al lugar en que yacía el infeliz presidiario, fué el sargento Aldana, que al fijarse en el cadáver sólo tuvo tiempo de lanzar una exclamación de esas que salen de lo más hondo del alma. Después, como tronco herido por el rayo, cayó á nuestros pies, tan rígido y falto de color como el muerto mismo. Como con su desplome había i i i i i disparo salido de entre las jaras, ninguno de nosotros dudó que una bala había alcanzado al veterano sargento. Sin embargo, al r e c o n o c e r l e minuciosamente, nos convencimos no sólo d e q u e no había en él ni el menor asomo de herida, sino de que su c o r a z ó n seguía latiendo de modo irre guiar é intermitente, pero con la fuerza y el vigor de la plenitud de la vida. Con rociarle la cara c o n el agua de un arroyo próximo bastó para que recobrara el conocimiento y se pusiera en pie como si nada hubiera pasado. A nuestras preguntas contestó con un desabrimiento que no e r a en él habitual. S ó l o al o f i c i a l que mandaba nuestra f u e r z a s e permitió decirle: -Mi teniente, quisiera que se me dejara dar tierra á ese cadáver. Si la tropa tiene que seguir su mar- cha, no importa, yo tardaré pocos minutos en alcanzarla. El oficial no sólo accedió á su deseo, sino que nos invitó á ayudarle en su piadosa tarea. Con ello en breves momentos estuvo cavada la no muy profunda fosa. Entonces el sargento cortó con su navaja un mechón de cabellos del muerto, y tomando en sus brazos el cadáver, le depositó en el fondo del hoyo sin que u a músculo de su rostro se contrajera. Un cuarto de hora después, al emprender la con tramarcha, dejábamos á nuestra espalda la tosca cruz de madera con que habíamos señalado la tumba del penitenciario de Ceuta. IV El día siguiente fué de aquellos en que desde bien temprano nos tuvieron en jaque los moros. El tiroteo duró desde las primeras horas de la mañana hasta la caída de la tarde, y más de una vez solazaron nuestros oídos los acres compases de la polka de Prim que es coiuo nuestros soldados llamaban al toque de ataque á la bayoneta. En uno de los más rudos encuentros, el sargento Aldana que, operando más como guerrillero q ue como individuo de una tropa disciplinada, nos; había lanzado á una docena escasa de soldados á t o m a r una posición que defendía un centenar de moros, se detuvo de pronto, soltó el fusil, se llevó la mano al pecho exclamando: ¡Gracia? á Dios! y se desplomó, por desdicha no como el día anterior, presa de un pasajero síncope, sino atravesado el corazón de un balazo. Eos moros se nos echaban tan encima, que no me dieron tiempo para más que para registrar los bolsillos del sargento, en los que aparte de un mal rélojillo de plata y algunas monedas, todo lo que encon- tré fué una carta escrita en papel tosco y ariíai ¡r i í T ii ili- 1) s costó no, pocas bajas; un ji I, i 1 lerte de contarme entre los que escaparon ilesos, aquella noche, á la luz de la vela de í íHBilSSlS sebo q u e iluminaba mi tienda, leí la carta ¡r J X H I T K encontrada s o b r e el cadáver del que fué mi sargento. El escrito no conteníamásque estas breves palabras: Querido padre: Ya que no supe heredar tu honradez, quiero j 1 probarte que heredé J tu valor. Cuando pases los ojos por estas letras, ó habré realizado una hazaña que haga olvidar el recuerdo de mis culpas, ó con mi muerte te h a b r é librado del borrón que eché sobre tu limpio nombre dé soldado. De todos modos, perdona á tu arrepent i d o hijo, Pejpe. Aquellas líneas eran la clave de las tristezas que habían amargado la vida del veterano y poco dicht so sargento Aldana. ÁNGEL R. CHAVES DJDUJOS DE MÉNDEZ BRIXGA