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cipio, no tardó en dejarnos admirar en toda su grandeza la magnificencia del paisaje que teníamos delante. Del lado de la marisma se veía sobre una superficie azul, ligeramente rizada por él viento, la arboladura de aquellos barcos que con tanta ansia habíamos esperado en los angustiosos días en que comenzaba á faltarnos h a s t a lo más necesario á nuestro sustento. Frente á nuestro campamento el boquete de Anghera abría sus tenebrosas fauces llenas de misterios y amenazas: á sus pies se extendía el dilatado llano, cuya monotonía interrumpían sólo los espesos é intrincados jarales que marcaban el paso del Guad- el- Jelú, y en la parte opuesta al mar, al remate del extenso valle, pero todavía á las márgenes del que nosotros llamábamos Río Martín, se destacaban en primer término la achatada silueta de la Aduana, y más lejos, cerrando el horizonte, la masa blanca de la ciudad de Tetuán, que apoyaba su espalda en la sierra, dejando ceñir sus flancos por las frondosas huertas que comenzaba á despoblar de naranjos y limoneros la implacable tala que hacían necesaria las obras de defensa que prevenían los moros. A nosotros se nos había encomendado el reconocimiento de una mancha de monte bajo que bordeaba uno de los lados de la garganta que servía de embocadura al valle, y que por estar muy cubierta de maleza ofrecía seguro asilo á l o s moros que, en pequeños grupos, acostumbraban á hostilizar á los ingenieros que desde el Serrallo venían abriendo desembarazados caminos á nuestra artillería. Nuestra fuerza, DOCO numerosa, pero ya bien fogueada, se componía de una sección de húsares de la ¿4 íf í ¡í Vt t- Princesa y media compañía del batallón Cazadores de Baza, que ei a en ei que yo servía. A los jinetes tocaba hacer la verdadera descubierta, limitándose nuestra misión- -la de los infantes- -á responder á los fuegos enemigos y á proteger una retirada en caso necesario. De noche todavía, habíamos tomado el café que nos servía de desayuno, y como cada cital por su cuenta se había cuidado de ponerle el epílogo de unos cuantos tragos del buen aguardiente de caña que rara vez faltaba á nuestros cantineros, cuando después de dar el santo y seña traspasábamos el límite de las grandes guardias, estábamos alegres y dicharacheros como si fuéramos á una fiesta. II El único que, como siempre, no salía de su taciturna reserva, era el sargento Aldana. Aquel impenetrable veterano de ceño siempre fruncido y cuyo cerdoso bigote, ya más blanco que negro, contrastaba con el bozo naciente de nuestros reclutas, nos inspiraba á todos un cariñoso respeto que no estaba exento de curiosidad En su vida debía haber sombras negras, muy negras. Soldado ya tan viejo que había hecho sus primeras armas en la guerra civil, en vez de emplear la influencia que le daban sus servicios en procurarse medros en su carrera, los había gastado en reengancharse por dos veces, dejando pasar algunos años entre su segunda absoluta y su postrer empeño. Fiel cumplidor de sus deberes militares, escrupuloso observante de los más nimios preceptos de la ordenanza, esquivaba, sin embargo, hacerse notar, y lo mismo trataba de disimular sus hechos de valor en la guerra, que la blandura, poco común en las clases, con que trataba á los soldados en la paz. Los que le conocieron de joven aseguraban que había notable contraste entre sus expansivas alegrías de aquel tiempo y las negruras dé Su reserva de ahora; pero el hecho es que con el mismo arrojo exponía antaño sonriente su pecho á las bayonetas de los facciosos, que le ofrecía hogaño cejijunto y hosco á las espingardas dé los marroquíes. III Nuestra descubierta daba escasos resultados. I os moros, ó sobrado cautos para esquivarnos, ó no entrando en sus planes hostilizarnos por aquella. mañana, no parecían por ninguna, parte. De cuando en cuaudo salía uii tiro suelto de entre la maleza, pero al destacarse unos cuantos jinetes hacia