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GENTE QUE ANDA POR MADRID. SAN ISIDRO tr cara plácida, anclia, lampiña, donde los ojos murieron conservando una serenidad extática, no se altera por ningTÍn suceSo, pues este ciego es la evocación más perfecta de la indiierencia exti aterrenal, y su rostro, francamente castellano, resucita el facies honrado, bonachón y algo vulgar del bendito patrono de Madrid. San Isidro debió ser como este hombre. Debió mostrar á sus contemporáneos el mismo rostro cetrino, la nariz aguileña, la franca boca, los, ojos dormidos, todas las facciones que han vuelto al mundo para formar un rostro hermano de aquel que besó Santa María de la Cabeza y que se inclinó ante el señor D. Ivan de Vargas. Al paso lento con que el buen labrador caminaba tras su yunta, esperando el auxilio de los milagrosos ángeles, el, mendigo anda por Madrid, extendida una mano en demanda, de auxilio, sustentando la otra sobre el corvo puño de una cayada robusta, pastoril, que parece hecha para guiar los interminables rebaños de las merinas. Todo el atavío del ciego se reviste de igual aspecto campesino. El sombrero puntiagudo, de fieltro pardo, sombrea el rostro con el vuelo de sus anchas alas; unos zahones de cuero amarillean sobre sus piernas; recios zapatones, color de barro, encierran los pies, y sobre la amplia tabla del pecho, una camisa de tela ruda se pliega, se asoma á la abertura del chaleco, á las bocamangas del chaquetón. Como si el ciego comprendiese que l a divina semejanza con el santo le presta alguna dignidad, no se rebaja á pedir limosna, ni lleva con él niño, mujer ni lazarillo alguno que le levante la caza. Esto es extraño entre los pobres de oficio, y es uso únicamente practicado por aquellos que tienen un domicilio fijo, el escalón de una iglesia, él hueco de un portal, el quicio de una esquina. Estos son los rentistas de la clase, ios que cortan el cupón cómodamente, sin prisas ni atosigamientos, con cierta p u l c r i t u d que casi dignifica su gesto mendicante, reducido á las palabras y el adeinán precisos, que arrancan la limosna sin excitar los nervios. Mas este sistema, comparable con el del cazador en puesto, sólo se lo pueden permitir quienes cuentan con una parroquia invariable, con clientes fijos que han de pasar indefectiblemente ante ellos á una hora determinada y en quie, x 3 nes la costumbre llega á suplir la r- x caridad. Pero en la especie más extendida de los mendigos deambu. lantes, es un caso raro encontrar- á algirno que, ciego y solo, vaj a por la Calle tan silencioso y prudente como el nuevo San Isidro. Esta particularidad es la que le presta el mayor encanto, le hace más semejante al bendito labrador, quien de volver á su antigua villa, habría de andar así, desinteresado, vestido con su traje de labriego, marchando despaciosamente, perdidos los ojos en la divina contemplación de los cielos. L a impresión de que el ciego pasa por Madrid sin mendigar, moviendo la bondad de los hombres con la sola presencia de su infortunio, da un realce inmenso al figurón del santo redivivo. Eos ojos le siguen con simpatía en su camino al través de las muchedumbres apresuradas, ceñudas, egoístas que se mueven al impulso de sus intereses, sin marchar lentas en busca del milagro que tal vez desprecien. Y el nuevo Isidro pasa entre las gentes, silencioso, grave, sin ajetreo, extendida la mano donde jamás luce el disco de una moneda. Su báculo se alza y desciende al compás del andar mesurado; los zapatones le llevan sobre las losas de las aceras, donde chirrían á veces sus clavos, hechos á hundirse en el graso terrón de las siembras, y los muertos ojos miran hacia adelante, cual si esperasen descubrir al extremo de las largas vías, lejos de la urbe cortesana, de sus casas míseras, de sus habitantes pecadores y endurecidos, las tierras de Ivan de Vargas, donde, invisibles y solícitos, los ángeles esperan al labrador, y en el campo desierto, cara á la sierra azul, vigilan la yunta, apoyando sus manos de luz en la mancera del arado. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS DIBUJO DE ESPl