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ti V edificio triforme: palacio, forá la vez. En él han puesto su capiiiLU ei jjouciio, la guerra y la devoción, y han dejado su obra sucesiva las viejas arquitecturas. Forman sus muros sillares toscos, y arcos románicos sus puertas, defendidas por matacanes. Cortan su extensa fachada ventanas sin orden, con reja y celosía las más. Y coronando los tejados de saliente alero sustentado por canecillos, se yerguen las torrecillas ojivales, rematadas por cruces de hierro. Los señores viven en la casa; pero por allí no pasa la vida. El silencio y la soledad se han aooderado de la vivienda, desde el ancho zaguán con puertas herradas, y la escalera de columnas y piedras e nterizas, hasta los salones de altas bóvedas y arabesco artesonado. Lo muerto domina en aquellas estancias, que parecen panteones abiertos, por cuyas paredes se asoman, como saliendo de los nichos, las figuras de los que fueron conquistadores, capitanes y navegantes. Retratos armados, arneses de guerra, coseletes, cascos y espadas llenan el espacio. Todo es hierro y piedra: lo macizo y lo inerte. Levántase la segunda casa en la ciudad nueva, de avenidas acordeladas, de plazas simétricas y de jardines cuidados. Es un edificio uniforme, construido de una vez y para un solo destino. Blancos y bien labrados sillares forman la fachada, rota por grandes ventanas de clarísimas vidrieras. El pórtico lio- a con la marmórea escalera de pasamano dorado; la escalera desemboca en amplia galería, y la galería da entrada á despachos, oficinas y salas, todo amueblado con sólida sencillez. Las paredes están desnudas de otro adorno que su propia pintura; las mesas cargadas de libros grandes y papeles ordenados; los sillones sirven para el trabajo antes que para el reposo. No hay más acero que el de las cajas dé caudales ni más retratos que los estampados en los billetes de Banco. Es una casa de banca. Por ella circula la vida, la vida en movirniento presuroso, sin perder un minuto, porque él minuto es el negocio que se va, y el negocio es la ambición satisfecha. Allí no hay historia; lo pasado, pasó; lo presente es todo: el bienestar del espíritu, la comodidad del cuerpo, el goce, el poder, la influencia, el respeto cambiado por la moneda La tercera casa grande se levanta en el barrio central, entre la ciudad vieja y la ciudad rica. El barrio es silencioso, pero no sombrío. A él no llegan ni el perfume de los jardines, ni el ruido de los coches, ni el movimiento vertiginoso de las avenidas suntuosas, ni tampoco lo entristecen la soledad, las tinieblas y el acompasado vivir del barrio muerto. La casa es antigua, sin parecer palacio, fortaleza ni convento, y es moderna, sin la uniformidad monótona de la edificación industrial. Sus balcones, volados y abiertos para recibir el aire de la calle, no están guardados por celosías ni rejas. Por ellos entra á raudales la luz en aposentos sencillos, en bibliotecas cuyos estantes no encierran libros de caja ni pergaminos y genealogías; en gabinetes con aparatos compli-