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T 255 Sr sado reconociéndose y encontrándose tan bella, tenía el espejo cuidadosamente oculto, por temor de que si lo veía la niña se contaminase de aquel orgulloso sentimiento. Y no sólo le tenía oculto, pero nunca hablaba de él, y el padre, distraído con sus quehaceres, lo había olvidado por completo. Así, la niña crecía y se hacía una mocita y, lo mismo que su madre antes de conocer el espejo, ignoraba su propia hermosura, y con lo cual conservaba una gran pureza y sencillez de corazón. No obstante, la malquerencia y perversa voluntad del maldito Set (el. dios tenebroso, de quien Osiris nos libre) quiso rematar de repente y á traición la dicha de aquella bienaventurada familia. La excelente madre cayó enferma. Cuidábala su hija con rara solicitud y extraordinaria ternura, sin descansar día ni noche. De nada sirvieron sus cuidados. La madre empeoró hasta verse en peligro de muerte. Y aun cuando la bondad de su alma le aseguraba una transmigración bienhechora, marido y mujef lloraban amargamente pensando en que su hija iba á quedar sola y privada del amor y del amparo maternal. Próxima á expirar, la mujer llamó á su hija y la dijo: -Ya sabes, niña de mi alma, que estoy muy grave: voy á morir y á dejarte sola con tu padre. Cuando yo me muera abre esta cajita: lo que hay dentro se llama espejo. Mírate en él todas las mañanas y todas las tardes; en él me verás, y en él me hallarás siempre velando por ti. Dicho esto, entregó á su hija la cajita. I a niña prometió obedecer, y llorando tiernamente entrambas, al poco rato vio la hija que se había quedado sin madre. Nunca olvidó ni dejó de cumplir el encargo que su madre le diera: todas las mañanas y todas las tardes sacaba el espejo de su escondrijo y le miraba largo tiempo con grande y cariñoso ardor. En él veía la clara y risueña faz de la madre que había perdido; pero no la veía pálida y agostada, como estuvo en los últimos días de su existencia, sino bella, lozana, y sonriente- como cuando era joven y causaba la admiración de todos los vecinos por su gallardía y honesto porte. A aquella imagen le contaba por la noche los malos trances y amarguras de su vida, y le pedía por las mañanas valor y fortaleza para vencer todas las dificultades. Y la imagen la miraba triste ó benévola, risueña ó confiada, y movía los labios en silencio, pronunciando, sin duda, las más bellas y consoladoras palabras, que son las que siempre se quedan por oír. Y así, la buena muchacha vivía cotidianamente al lado de su madre, esforzándose en agradarla para que ella sonriese, y evitando cuanto pudiese causarla enojo. Y su mayor alegría era poder mirar en el espejo y decir: -Madre, hoy he sido como tú hubieras querido que fuese. Viéndola así todas las mañanas y todas las tardes, sin faltar una, mirarse en el espejo y hablar con él en voz baja, el padre, por fin, la preguntó por qué hacía aquello: -Padre- -respondió la muchacha, -miro todos los días al espejo para poder ver á mi querida mamá y hablar con ella. Y después le contó el último ruego ae su madre. la promesa que le había hecho y cómo la cumplía fielmente. Tanta sencillez, tanto amor y obediencia arrancaron al cuitado padre un torrente de lágrim- as ardorosas... Calló, calló siempre y no cometió jamás la torpeza de revelar á su hija que lo que veía en el espejo no era sino la imagen de su propio rostro, cada vez más parecido al de su madre muerta, como reflejo de un alma igualmente bondadosa é inocente. ¡Horos el divino os proteja. concediendo á vuestras hijas un espíritu semejante! F. ENELE