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pri aqtiel tiempo feliz (el fulgurante Amrtion- Ra- Iíarmakis nos dé otro tan venturoso) había muy lejos de Memfis, en u n caserío ó pueblecillo lindante con solitario y repuesto bosque, cierta familia compuesta de un matrimonio joven y una niña pequeña, á la cual ambos esposos qmerían entrañablemente. Sucedió una vez, mientras la niña era atln de pecho, que el padre se vio obligado á hacer un viaje muy largo, nr y largo, á la opuletíta j- lejana ciudad de Sais, que en la época remota era el emporio del comercio de Egipto y Fenicia. No había entonces carros ni caballos, y la mujer no se resolvió á acompañar á su marido en tan larga expedición, de modo que el hombre se marchó solo y á pie, después de una tierna despedida en la qiie ofreció á su mujer traerle de la gran ciudad un lindo regalo, La mujer, que nunca se había apartado ni un estadio de su bosque, se quedó muy triste y no poco atemorizada, pensando en los peligros innumerables que á su esposo cercaban en tan penoso camino, poro al nrismo tiempo contenta y orgullosa porque él era el primer hombre de aquella comarca que se había resuelto á ir á la ciudad de Sais y ver sus magnificencias. Al fin, pasando el tiempo j- j a cerca de la segunda crecida del Nilo, el marido volvió. A recibirle salieron algunos parientes y amigos, mientras la mujer engalanaba tan guapamente á la nuichachita, ya muy crecida y lozana, que daba gloria verla. El contento de la buena esposa al ver á su marido sano y salvo de vueita del viaje, no sé yo palabras con qué decíroslo, ni tampoco las monerías y alegrones de la niña cuando vio los címbalos de bronce, los aros de marfil y otras chucherías y juguetes que su padre trajera para ella. El hombre contaba y no acababa de los prodigios y sorprendentes cosas que había visto en la gran ciudad durante la caminata. Cuando estuvo á solas con su amada mujer, sacó sigilosamente un envoltorio, y la dijo: -Para ti traigo el invento más sorprendente y peregrino que he encontrado en la ciudad. Míralo y dime lo que ves en él. Y desatando el envoltorio, sacó de él una caja de madera muy lisita, dentro de la cual había un objeto que mostró ante los maravillados ojos de la inocente criatura. El objeto era redondo; tenía un mango largo, y por un lado era de plata, trabajada finamente, y con bello, -adornos de frutas y flores repujadas á martillo y realzadas á buril. Por el otro lado, ¡el divino líoros me valga! era un plano de acero terso y brillante, y mirando hacia él, la extasiada joven vio una bonita cara de rosadas mejillas, rojos labios y azules ojos, que sonreía satisfecha. ¿Qué ves ahí? -dijo el marido, gozando con la sorpresa de su mujer y orgulloso de su atinada compra. -Veo- -respondió la mujer- -una linda joven que está miránaome, que mueve los labios como si me hablase, y ¡esto sí que es raro! que lleva una túnica azul igual que la mía... ¡Boba, más que boba! -repuso el esposo henchido de suficiencia; -lo que ves es tu propia cara. Este objeto se llama espejo; allá en la opulenta Sais, todas las mujeres tienen uno ó varios. La mujer quedó entusiasmada con el regalo, y muchos días se los pasaba enteros sin hacer otra cosa que mirarse al espejo, pues siendo la primera vez que se veía en uno, era también la primera vez que podía ver y conocer su propio semblante, el cual, sin ofender á nadie, era harto lindo y no podía menos de gustarle. Poro como su alma era sencilla y modesta, pronto le pareció que el espejo era un objeto demasiado precioso para usarlo á diario y, pasados algunos días, le guardó en su cajita. Pasaron los años. El marido y la mujer vivían felices. La niña, que les a l e g r á b a l a existencia, crecía y era la viva imagen de su madre. Esta, recordando con vergüenza los momentos de vanidad inocente (aunque ella la juzgaba pecaminosa) que había pa-