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mente educada para apreciar las transgresiones del buen gusto y aun los retrasos deplorables en materia de sombreros femeninos. A tal punto llega este don, que si nos transportaran aletargados á cualquier capital de provincia poco, ¿cómo lo diré yo? poco brillante, y al tornar de nuestro sopor viéramos sobre unas cuantas cabezas otros cuantos sombreros de la mejor modista de la población, no preguntaríamos ¿dónde estoy? como es uso de todo el que vuelve en sí de repente, sino que exclamaríamos: ¡Estoy en... (aquí el nombre de la capital) y acertábamos de fijo. Porque así como Madrid dista de París todavía muchos sombreros de señora, algunas de nuestras ciudades provincianas distan de Madrid cientos ó miles de esas prendas; la europeización deseada por Costa es muy lenta en las encantadoras cabezas de nuestras contemporáneas. ¿De suerte que el sombrero femenino- me preguntará alguien- -es un adelanto, un progreso, una prueba de civilización? ¡Quién lo duda! Significa un gran progreso colectivo; pero no os alegréis demasiado, señoras, porque la iesaparición de la mantilla supone á la vez un gran retroceso en la elegancia individual, en el señorío de la persona. Procuraré explicarme. A pesar de que antes dije, y ahora repito, que el sombrero es un problema, todo el problema de ese tocado femenino se resuelve teniendo muchos sombreros de última moda, de buela modista, caros. Por pequeña que sea la dosis de Duen gusto que posea nuc, lama, gastando mucho alc a n z a r á c a s i siempre el buen parecer, y aun podrá destacar, en días de fortuna, por su elegancia. Teniendo, pues, bolsillo colmado, mano abierta y alguna costumbre de llevar s o m b r e r o cualquier íémina logra cierta distinción convencional, colectiva, europea... Ahora bien; para parecer elegante, más diré, para parecer seño a, llevando mantilla, sólo hay un medio que no se adquiere, que no se compra, que no se trae de París: serlo. La dama que, prendida de mantilla, nos asombra por su distinción y nos impone por su señorío, es ana dama; la que luciendo un sombrero elegantísimo pasa á nuestro lado y nos choca y agrada por su gentileza, y aun por el buen gusto de su indumento, puede ser la hija de nuestra portera, llegada á mejor fortuna merced á artes muy distintas que las de guardar la puerta. Y ya lo veis, la mantilla no es nada, un trozo de blonda, un encaje informe, uu tul, un sutil velo... Por eso precisamente. Un bastón en la mano de un zafio es un palo, y un palo es un bastón en las manos de un caballero. Quedamos, pues, amables lectoras, en que con el triunfo de los sombreros la distinción femenina se socializa, se colectiviza, se unlversaliza con más ó menos rapidez, según avance el progreso común, ó mejor dicho, según vayamos los españoles ganando dinero en el mercado de las naciones; y, en cambio, con la desaparición de la mantilla, las grandes elegancias personales, las individualidades de suma distinción por si mismas, se abaten, se esfuman, se pierden. Pues exacta nente lo mismo sucede con el imperio del gabán y la derrota de la capa. Vestidos con gabanes ingleses, que ya vienen hechos de allende el mar, un señorito y un hortera son iguales. El gabán uniforma á las gentes, y socializando la elegancia, borra la distinción personal, la que no se debe ó no se paga al sastre, la que nace con el individuo y sólo por el individuo vive. Ea capa no es nada, unos metros de paño sin forma casi; todas se parecen, muchas son iguales, y, sin e m b a r g o entre treinta hombres cubiertos de capa, la vista del observador avizora en seguida al caballero y lo diferencia del peal ó del ineducado. ¿Por qué? ¿Por la manera de llevar la capa? Tal vez; por algo que no se explica. Acaso porque la capa no ciñe al cuerpo, y la distinción de éste fluye 3 se esponja á su albedrío. No; yo no quiero creer que aun soportando la tiranía del g a b á n los verdaderos elegantes madrileños, los elegantes de estirpe, destierren en absoluto la capa de su guardarropa. Sobre todo, y por u n a aparente contradicción, la capa, que se ha considerado siempre como un abrigo sin pretensiones, armoniza maravillosamente con el traje de etiqueta. Un elegante vestido de frac y con capa es doblemente elegante... Si bien no todos los que se creen e l e g a n t e s d e b e n afrontar la prueba. Ybasta ya de trapos, aun cuando los trapos tienen J también su filosofía. Yo celebro mucho el triunfo del sombrero femenino y del gabán hombruno, porque el aspecto general de I la población madrileña ganará indudablemente con el uso habitual de ambas prendas, y el extranjero que arribe á Madrid un poco aburrido de verse entibe gentes como las de toda Europa, levantará con más empeño los ojos para admirar nuestra hermosísima capa del cielo, única tal ve que nos quedaría si no existiese la luenga y durable que viste en efigie Mendizábal. Pero esa alegría por el progreso común no me compensa del dolor que, como amante de lo bailo, sufro, plañendo el naufragio de las grandes elegancias personales, de las únicas distinciones genuiaas, nativas, que acompañaron la mantilla y la capa. Y más de una noche, sí, más de una noche, cuando ya no quede en Madrid ni un tocado ni un abrigo de esos, iré bajo la estatua de Mendizábal á decirle amargamente: ¡Traidor, tú nos metiste eu Europa; obra tuya es todo nuestro progreso; por ti han desaparecido las mantillas y las capas, y tú te ríes de nosotros con la tuya puesta! ¡Devuélvenos la capa, devuélvenos la capa! Y con que nos diese la mitad de la suya, ¡listos! JOSÉ DE R O U R E DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA