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REVI ANO XViJ STA LUSTRADA r iSÚM. 824 MADRID, i6 DE FEBRERO DE 1907 my i DIQS CORDIAL LA MANTILLA Y LA CAPA ÁS rápidamente aún que la forma poética de la literatura patria, la capa está llamada á. desaparecer de nuestros hombros. Pocas son ya las personas de cierto viso que usan el abrigo clásico madrileño, y el gabán lia matado á la capa, como antes mató el sombrero femenino á la mantilla. ¿Habremos de desesperarnos por eso? Yo creo que no. Gallarda, airosa, atractiva como un ensueño, era la mantilla; más que prenda semejaba coronamiento, esfumación del peinado, encaje tejido con la propia cabellera á que servía de indeciso contorno, y por su misma vaguedad y su sutileza misma armonizaba perfectamente con todo rostro femenino, de líneas, por, lo general, suaves, desvaídas, algo soñadas. El sombrero, más acentuado, de formas más rígidas, de material. más rudo, más espeso, con sus lazos, sus flores, sus plumas, sus pieles, sus ocultos alambres, y su armazón disimulado, no es solamente un adorno, es además un problema. La mantilla servía á todas horas; para todos los trajes, y aun para todas las, circunstáncias, dela vida social; lo mismo se la prendía su d u e ñ a p a r a ir al templo que para la visita ó para el paseo; lucíase en las grandes ceremonias y en los grandes días del año, igualmente que en el callejeo normal y en el tráfago cotidiano, y con dos mantillas á lo sumo, una, rica y esplendorosa, y otra, más humilde y traediza, ya estaba ima dama española sin preocupaciones respecto á su tocado, y abastada para presentar decorosamente su hermosura en el mundo. El sombrero, ¡oh, el sombrero! mucho más rebelde que la mantilla, se. subleva. á cada instante. Ni el sombrero de mañana debe de llevarse, íoh, no! por la tarde, ni el de tal color empareja con e. ste otro vestido, ni el de aquella forma es compatible con cual manera de peinadp. Tampoco todos los sombreros armonizan con todas las caras, y muchos modelos recién llegados de París, puestos en algunas cabezas, parecen pescados en el Manzanares. Ninguna señora dignamente mundana puede tener en cada estación menos de media docena de sombreros para simultanearlos con los correspondientes trajes armónicos, y lucirlos á sus. horas respectivas, y además habrá de librarse como de pecado mortal de. arreglarlos para que salten desde un año al otro; yo no sé por qué, pero los arreglos de los sombreros, como los arreglos de las comedias francesas, se conocen siempre y dan grima. Claro es que los sombreros nacidos en casa se conocen todavía más y dan aún mucha más grima. Los hombres que, como yo, entienden poco de estás cosas; tienen ó tenemos, sin embargo, la vista fina- M