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tu w tí í víL sC v t: LA CO A mi parecer, el oabíülo de más talla que ha existido en el mundo fué uno de cartón que, siendo yo chico, me compró mi padre en la feria de Almagro; la lumbre que más calienta, la de mi casa y la cocina más hermosa de la tierra, la mía. Había que ver la cocina aquella; su chimenea de campana, las llaves fuertes, las trébedes descomunales, los socarradores de encina, los brazados de leña que en el hogar ardía, las sabro sas morcillas y pedazos de tasajos que se curaban en el humero, y, al terminar el cañón el respiradero rectangular por donde se veía el cielo gris de los días otoñales. En las parede- s, pendientes de clavos y alcayatas, había ristras de ajos, sartas de pimientos colorados yde o- aindillas picantes. Colgaban del techo melones y racimos de uvas, chorizos y bofenas. En la %io- a que formaba el reborde de la chimenea teníamos colocadas vasijas y objetos diversos, loza d é l a Cartuja, la caja del tabaco del abuelo, y en los garfios de las espeteras, cazos antiguos, peroles, sartenes, provectos calentadores de mangos torneados, tapaderas de latón, ralladeras, el almirez obligado y la imprescindible palangana de reluciente metal, que resplandecía como un astro. Desde principios de Noviembre la vida de la casa afluía á la cocina. Los abuelos ocupaban los sillones de preferencia, á derecha é izquierda del hogar; en sillas acomodábanse mis padres y las personas que allí iban de visita; nosotros, los chicos, en banquetas. Después de rezar al toque de oraciones, la gente granada departía, las mujeres hilaban unas, otras hacían girar las devanaderas ó aechaban trigo; los muchachos contábamos historias y cuentos, y vivíamos felices en ese mundo ideal en que existen nobles y valientes caballeros; el mundo de Rolando, del Cid, de Artús y Bernardo del Carpió. He pretendido no hace mucho tiempo representar aquel cuadro; dispuse la escena como el director más perito. No faltaban las morcillas al humero, el vasar limpio, las cantareras, las ruecas, los dos candiles atizados, el velón de cuatro mecheros con sus despabiladeras, la lumbre que levantaba llamas, el lecho de ascuas del hogar, el caldero de la lejía, la batería de pucheros con sus acrimadores; pero faltaba lo insubstituible: mis abuelos y mis padres, mis tíos y mis parientes viejos. Al sonar el toque de Animas entré yo el primero en la cocina y me senté en una banqueta, en mi sitio de costumbre; luego llegaron mi mujer y mis hijos, mi hermana y mis amigos. Al verme en la banqueta todos se admiraron; aunque- yo me obstinaba en no levantarme, quieras que no, me obligaron á ello. Me tendí á su solicitud y a l a s muestras de consideración y respeto que me daban. Ellos no pararon hasta hacerme sentar en el sillón de mi abuelo. Por más que avivé el fuego, estuve sin entrar en calor toda la noche. VIRGILIO C O L C H E R O DIBUJO DE ESTEVAN