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vieron, y los sjolillas se levantaron para hacer reverencia hasta los pies. El reo, trémulo, miraba á la mujer- -á quien conocía perfectamente. -Era doña Catalina ele Zúüiga Enríquez, la propia, hija del virrey, la amada de Juan de Heredia, el jefe de los conspiradores. El despecho por la oposición del padre á darle su hija, había precipitado á Juan de Heredia á una conjura insensata. El reo en tal momento lo comprendía. Había sido víctima del antojo pasional de otro hombre, é iba á pagarlo con el suplicio, y después con la vida... Mas allá dentro, la honra mandaba: callarás... Doña Catalina venía muy bizarra, y á decir verdad, su vista podía aliviar hasta las penas de un sentenciado. í, a saya de grana, acuchillada de terciopelo carmesí; el jubón de paño de oro; la fina gorgnera de encaje, sobre la cual danzaban las gruesas perillas de perlas de sus pendientes; el pelo, rubio y crespo, adornado más que cubierta por un birrete de velludo negro con pluma blanca, la hermoseaban sobremanera; pero traía mudado el color, y una angustia infinita se traslucía en sus ojos verdes, pérfidos. -Apártense de ahí- -ordenó imperiosa á sayones y golillas. -Quiero hablar á solas, un instante con este mezquino, para reducirle á que confiese quiénes fueron sus cómplices. Puede que sin emplear la crudeza del tormento se consiga saber lo que deseamos. Déjenme que le hable al alma, y ahorraremos la poca cristiandad de tanto martirio. De no muy buen talante obedecieron 3 se retiraron á la antecámara, seguidos de las dueñas. Temían á doña Catalina, altanera y dura tanto como su propio padre el señor virrey. El reo aguardaba incierto y fascinado. ¿Vendría la dama á darle la libertad? Ella, le vibró una mirada subyugadora, intensa, y aplicando un dedo á sus labios, retocados con cinabrio, sangrientos y vivos, pronunció, tan despacio que apenas Se oía: -Hay que callar. Si sois hidalgo, hay que callar. -Callar quiero- -respondió él en el mismo tono. -Sólo temo que el dolor no me lo consient? -Para que no suceda vileza tal, aquí traigo el remedio- -articuló misteriosamente doña Catalina, -Mi nodriza, india de Zempoala, me h a destilado este brebaje, que embota los sentidos y hace ioseTislble á quien lo bebe. Y entreabriendo el corpino, sacó un pomito de plata, tibio del calor de su seno, y lo puso en la mano del reo. apretándola violentamente. -Con s ó l o algunas gotas será lo misnio que si atormentasen una piedra. Como el reo pareciese dudar, la dama apremió: -Beba, beba el señor hidai go... Tengo que recoger el pomono deben encontrarlo en su poder. Ella misma destapó la diniiEuta redoma y la acercó á los labios del preso, que tragó un sorbo de licor obscuro y amargo. Doña Catalina ocultó, enire candoresy fragancias, el pomj o salvador, y apoyando otra v? z el índice sobre los labios cruentos, salió de la cámara, volvié dose para dirigir al reo la últim i mirada fulgurante. Al encontrarse con los verdugos, dij fríamente: -V o i m e c o r r i d a No hay cómo reducirle. Volvieron á entrar todos en la cámara. El preso, reanimado, parecía desafiarles. Él mismo se acercó al potro. Tenía el semblante encendido, los ojos saltones, y demostraba una especie de embriaguez. Al ponerle el verdugo la mano encima, dio u n grito ronco y prolongado, saltó, giró sobre sí mismo y cayó á plomo, con los ojos entreabiertos, medio vidriados ya, las manos crispadas y la boca torcida. Se agitó convulso breves instantes, y quedó inmóvil, con un poco de espuma en la boca, que ya nunca se abriría para revelar el secreto. EMILIA PARDO BAZAN OíBUJOS DE MÉNDEZ