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m í a á la m u e r t e p e r o l e e s p a n t a b a l a p e r s p e c t i v a del dolor, h o r r i b l e a r r o l l a d o r é i n c o n t r a s t a b l e c o m o el ra -o, q u e quizá, e n l o q u e c i é n d o l e le t r a j e s e á los l a b i o s l a s ú n i c a s p a l a b r a s q u e n o d e b í a p r o n u n c i a r- -s i e n d o mí caballero d e t a n n jble apellido. -S u h o r r o r á la t o r t u r a d i s m i n u i r í a si c r e y e s e q u e p o d í a r e s i s t i r l a sin e n t r e g a r el secreto. ¿V si se a g o t a b a n s u s fuerzas? ¿Y si, á p e s a r s u y o l a l e n g u a se d e s b o c a b a r e v e l a n d o lo VíW Í ni- w. m í Sí v jSTái 4 ÍÍ. SÍÍ N. t v que el honor manda ocultar. ¿Y silos nombres d é l o s demás conspiradores, juramentados paramaíar al virrey, salían arrancados por las vueltas de la cuerda c ue atiranta los huesos hasta descoyuntarlos? Al pensar en tal contingencia, el sudor se convertía en síncope, y lívido, inerte, se dejaba ir en brazos de los carceleros burlones. ¿Qué es eso? ¿Tanto miedo tiene el seor hidalgo? -murmuró so carrón amenté uno de ellos. -No se apoque su merced, que esto del ansia sólo asusta á los regalones y afeminados, y su merced es de pelo en pecho. A no serlo, no se metiera en conspiraciones y estuviérase en su casa, donde á nadie le quieren mal recado. Alce esa cabeza, que ahí le aguarda maese Liborip, el honrado verdugo. A la sorna del rufián nada contestó el reo; los ayudantes del verdugo se habían apoderado de él, y empezaban á despojarle de sus ropas, mientras maese ¿iborio probaba el torniquete del potro á ver si funcionaba en regla. I os dientes del infeliz castañeteaban. Ya creía sentir el brutal estiramiento de las fibras, el dolor ingenioso, ardiente, encarnizado, clavando su garra hasta el tuétano y arrancándole la delación irresistiblemente. Fronteros á sí- -pero como si los envolviese una niebla- -divisaba el reo las caras enjutas de los dos golillas, escribano y juez, que tomaban asiento ante una mesa, destapaban el tintero de asta y prevenían papel recio y recién tajadas péñolas de ave. L, os ojos ávidos de los dos cuervos de curia se clavaban en el reo, como si quisiesen por anticipado sacarle del alma la verdad que debe callarse á toda. costa. Ya empüj. aban al reo, casi desnudo, hacia el banco para tenderle en él, cuando una dama, seguida de dos dueñas, entró en el cala; bozo á majestuoso andar de alta señoia. Ivos atormentadores, con respeto, se detu-