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GENTE QUE ANDA POR MADRID UN H É R O E DE N O V E L A STS no anda. ¡Qué más quisiera... Y para que no quede duda de su desgracia, un cartel la explica prolijamente, diciendo así: Este es el chico que vendieron á unos gitanos que durante lo años le tubieron metido en un cajón, exiviéndole por todas las capitales de Francia como había nacido sin piernas... Sin piernas... Nació sin piernas, y su madre lo vendió por veinte duros. Es decir, la produjo más que si hubiese nacido sano, ágil, fuerte para las duras faenas del campo. Lo compraron por veinte duros los gitanos. Estos son y han sido un gran recurso novelesco. El interés de miles jde relatos reposa en J o s zíngaros; y los que compraron al niño sin piernas, son del repertorio antiguo, son los egipcios malvados, llenos de perversas intenciones, sabedores de t e n iWes secretos, que pasaban cobrizos y misteriosos por las aldeas, dejando n rastro, de crimen y de brujería. Pastos orientales enigmáticos son los que perturbaron nuestra infancia, los que creímos ver en los senderos umbrusos de los bosques, en las encrucijcidas solitarias á la siniestra hora de crepúsculo. Eran fuertes, crueles, au daces, voluptuosos. Obedecían á jefes pcultos, y llevaban consigo doncellas Üe ojos llameantes que, con pies bre ves y duros como los de las cabras saltaban al compás de panderetas de crótalos, mientras unas ancianas sibilinas maltraducían, con el tembléqueo de sus bocas sumidas, las preiicciones de los naipes. Ea literatura actual ha convertidí estos gitanos románticos y tumultuosos en unos vagabundos sentimenta les. Eos ha hecho abandonarlas divinas artes ocultas por melancolías si causa, y entristecer la libertad de su errabunda vida con refinamientos de neurastenia y vapores de histeri. sm. o. Ya no roban príncipes párvulos, ni fabrican untos, ni recogen las yerbas de los filtros en los cementerios, bajo el espantado mirar de la blanca luna. Mas este cambio ha sido tan sólo literario, y dichosamente no ha pasado, aún á la vida real. En ella los egipcios siguen con sus mismas mañas, y son los únicos capaces de trocar en novelas nuestras vidas incoloras. Ahí está el niño sin piernas. En la calle del Turco, en la rinconada de la iílcademia de Jurisprudencia, permanece el pobrecillo horas y horas sentado en un cajón con ruedas que le sirve de butaca. Un paño (mantón viejo, capa raída) disimula el tremendo olvido de la Naturaleza, y sobre el pecho del muchacho pende el cartel explicativo, negrean las fotografías con que un periódico excitó la caridad pasajera de sus lectores. En el ambiente burgués de la calle, encarado con las casas tristes, correctas, vulgares, mirando los coches qtie ruedan sobre la uniformidad gris del asfalto, el niño sin piernas pasa el día, recoge limosnas, responde a los curiosos que le interrogan. Nada le distingue de la multitud pálida de los otros pobres. Su voz es plañido monótono, su mano se extiende automática, repitiendo su gesto implorante una hora y otra. Nada le señala como un ser que vivió una vida aparte, que vio mundos, que pasó por aventuras extrañas, espeluznantes, folletinescas. Solo cuando se le pregunta sobre aquellos dos lustros en que con los gitanos visitó todas las capitales de Francia, es cuando surge por un momento el héroe novelesco. Al hablar de aquella época azarosa, el niño sin p i e r n a s s e anima, sus manos trazan gestos vehementes en el aire, y los ojos melancólicos, chispean, sonriendo a la visión lejana, alegre, de los caminos interminables por donde pasa, cara al sol, la turba cíngara, los hombres cobnzos y melenudos, las jóvenes bailadoras, las viejas profetisas desdentadas... MAURICIO LÓPEZ ROBERTS DIBUJO DE ESKI