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Para subir hasta el risco de la Calavera, por donde tiene entrada el castillo, alas y garras te harán falta, mas yo te las pondré de un murciélago formal y decente que de vez en cuando me visita. Asciende por ese sendero, y al cabo de los días llegarás al risco, donde te bastará llamar con uno de tus cascos. vuestra casa y Estados. En e, sta 5 egua iba YusufBen- Zoar cuaudo un ballestero de D. Ordoño le pasó de parte á parte. Llegó Juan, pero harto cansado y molido; llamó una y otra vez, hasta que, abriéndose el risco como un fruto maduro, apareció medio cuerpo de un moro de luengas barbas blancas y enorme turbante. Guiñó los ojos como herido por la luz del día, y reparando en la extraña presencia de Juan, comenzó á r e i r tanto y tan bien que á éste le temblaba la cola de coraje. -No sé si en la Morería se recibe con tanta cortesía, á los que llegan. -Perdona, valeroso caballero; pero mi contento es tan grande que estos extremos lo justifican. Antes de que pases á este castillo, donde á cada cual se le trata como quien es, deseo que me digas tu condición para encajarle el recibimiento. ¿Eres noble? -De condición lo soy, pesie á mí. ¿Señor, ó vasallo? -Ssñor de mi casa, que pudiera ser castillo y otras cosas mayores. -Si no he perdido la memoria, noble y señor quiere decir príncipe. ¡Hola, llega príncipe al castillo! A lo largo de un callejón rocoso se alinearon unos moros flácidos, amarillentos, que parecían dormidos. El son de unos mezquinos atabalillos fué toda l; i música. -Si de este modo reciben á los principes- -pensab. T Juan, ¿qué será á los villanos? El alcaide y su huésped comieron en el salón frontero á la cámara del tesoro. Comieron á usanza moruna, quiero decir, sentados en el suelo. Reparó Juan que el traidor moro no cumplía el precepto, pues bebía como un mosquito. Los moros, adormilados, se recostaban en las paredes ajenos á todo. Servían unas moras gordas y descoloridas, tan indiferentes é insípidas como sus compañeros. -Observo- -dijo el alcaide- -que no reparáis en la belleza y lozanía de estas doncellas; proceden del harén que trujo el Emir y se acabó en las Navas de Tolosa. Echemos un buen trago á la memoria deJ Emir. -Esos moros, á la cuenta, son de... -Estos caballeros proceden de la conquista de Antequera. También hay alguno de la conquista de Ronda. Echemos un trago á la memoria de estos famosos hechos, tan agradables á los ojos de Alah. ¡Él solo es grande! -Creo, amigo Muza, que deberíamos hablar algo del 1 soro. Es tarde y mi familia estará cuidadosa. -Hay tiempo. Decidme algo de vuestra casa y hacienda. Como todo hombre encerrado, S 03? muy curioso. Mi casa es grande y capaz, y harto mejor alhajada que este castillo. Con la plata labrada juegan los lebreles, y mi mujer limpia los chapines en los tapice; -Ea señora princesa hace muy bien. ¿Tiene buen genio? -Según y según. -Regaladla una joya cada día j viviréis en paz. ¿Vuestros vasallos son dóciles y comedidos? -Sí, menos los alcabaleros. No los puedo sufrir. Y ahora hablemos del tesoro. -Tenéis razón. Ahí está. Os declararé en cristiano esas letras arábigas que están sobre la puerta: SKA E L TESORO DE EOS BEN- ZOARKS PARA E L MÁS POBRE Y ATRE IDO, ÍÍUNCA PAEt. A E L MEXTIROSO. -Mujer mía, despierta y abre, que no quiero queme vean los vecinos. ¿Mi Juan eres? ¿El tesoro traes? -Traigo todos los pecados y desgracias del mundo. Abre por tu vida. -Oigo el pisar de una bestia. ¿Serás un engañador? Arrímate al ventanal, que tiente tu cara; no tientosino la oreja de un asno. -Soy yo. ¡Y cómo apesta el traidor! ¿Con quién borracheaste? -Con unas doncellas de las Navas que parecen membrillos cochos y unos caballeros de Antequera, pasados como higos. Llama al cura que me desconjure y confiese, y quiero ir de rodillas á misa con el cirio de Pascua en las manos. Mediante exorcismos, arrepentimiento y penitencias f. oltó Juan cuanto las brujas le habían puesto; y -De modo que... -i- De modo que como la princesa, la servidumbre y l o s v a s a l l o s estarán cuidadosos por vuestra larga au. sencia, he mandado enjaezar la yegua Tarifa, que en tres suras- -no que en tres credos- -os pondrá en, para ejemplo vivo de los que eran y habían de venir, colg aron el envoltorio de piel, alas, cascos, gaT rras y cola en el atrio de Santa María. Así, ó algo peor, acaban las mundanas codicias y ambiciones. JOSÉ NOGALES