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l f -í- Ú 1 Í L: V Z Í mas ignoraban dónde y cómo llegar hasta la soñada riqueza, -Mi comadre de la Sopeña, que es bruja Dacliillerada, debe de saber algo de e. sto. -Si el marido mío no fuese un porro y poore para toda la vida, no dejaría de emprender esta hazkñ. i, que á igual de los más altos hidalgos nos pondría. Un día tuvo Juan dares y toinares con los señores alcabaleros, y bien apaleado entró bramando en su casa. -Mujer mía, has de saber que tengo determinado irme en derechura de ese tal tesoro que me has dicho, y traerlo encima, aunque lo guarden todos los moros y moriscos que tiene Mahoma para su regalo. Alabó su mujer el propósito, y la buena comadre le dio ciertas señales y palabras para que la bruja de la Sopeña le ayudase. ¿Conque el tesoro quieres, hijo? Haces bien ea buscarlo, porque te llamas Juan y naciste en viernes. Si yo lo supiese, te diría d. ónde está; pero te enviaré á mi maestra del Monte de Onagros. Para llegar hasta ella has de cruzar bosques de espinos y lagunas, donde se cría la mosca azul de venenosa picada. Yo te pondré cuanto te hace falta, á condición de que reces al revés la oración de San Cosme y untes tu cuerpo con estos olios. Hizo Juan lo que la bruja quería, y á poco sintió que toda su piel engrosaba y se cubría de recia pelambre blanca y gris á manchas tigradas; los pies se le retrajeron y endurecieron á modo de sonoros cascos, y dos cosas grandes y peludas le brotaron á entrambos lados de la cabeza, y se le desmayaban sobre los hombros. Su inquietud y asombro crecieron, cnanrio agitándose con claras señales de pavor, sintió que á sí mismo se azotaba con una hermosa cola que le había nacido. -Con estos pertrechos y tu natural despejo, muy bien podrás llegar hasta el tesoro. Mucho alabó J u a n la prudente solicitud de la bruja que de tales defensas le previno, y que tan buen servicio le hicieron al pasar por la s elva de los espinos y por las lagunas, donde millones de moscas azules le asaetearon el cuero. La maestra estaba sentada á la puerta de su cueva con una serpiente á los pies, en guisa de calentador, y un gran murciélago sobre un hombro. -Mi padre el de la obscura vivienda me desampare si otro tan curioso onagro vi en toda mi vida. -No soy onagro, sino Juan Repolludo el de Urdefilas. -Ahora te reconozco. Y dirigiéndose á la serpiente, que había levantado la cabeza, siguió diciendo: ¿No le vimos una noche robando fruta en el huerto del cura en tiempo cuadragesimal? La serpiente silbó, como diciendo: ¡vaya si le vimos! -No estaba robando fruta, sino buscando ruda para mi mujer, que rabiaba de ijada y era cosa fuerte de oiría. -Ya sé á qué vienes. El tesoro te acucia. Todos cuantos pasan por aquí no tienen otro intento. -Así es, y si lo sabes y quieres encaminarme bien, yo t e lo pagaré con las setenas. -Has de saber, hijo Juan, que el tesoro está en lo más alto de unos peñascales, y lo guarda un moro traidor y ladino que de su avaricia vive, y el día que le faltase la prenda reventaría en los mismos infiernos, donde muchos años ha le están aguardando.