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Durante la comida, dos pecados: uno de gula y otro de ira... Me pongo el sombrero y salgo de mi casa. II E N LA CALLE Lo primero que hago al salir á la calle, es cierto mohín vanidoso. Me van á ver las gentes y es preciso aparecer correcto. Un mendigo me detiene y me pide una limosna. -Perdone, hermano- -le digo, -no llevo suelto. Esto es una mentira, pues en el bolsillo llevo un puñado de calderilla. Lo que quiero evitar es tener que desabrocharme el abiigo y la americana para llegar al chaleco. Con ese fin empleo aquella frase que me disculpa, sin necesidad de negarme á la caridad. Sigo andando. En un puesto de periódicos veo una revista en la que colaboro. Allí, entre aquéllas satinadas hojas, está mi firma. Mis artículos se leen... Me hincho un poco de orgullo y continúo mi camino. Una mujer pasa por mi lado. Es bonita. Creo que, al menos en la intención, he vuelto á pecar... Saco mi cartera y escribo unas líneas que dicen: ícEn la calle he mentido á un miserable y me han asaltado mil deseos... Me invade la sed y entro en una cervecería. III E X E L BAR Un camarero me pregunta qué es lo que deseo. -Un hok de cerveza. ¿Dorada Ó Alemana -Dorada. En realidad, lo mismo me da una que otra. Mi paladar no aprecia, entre ambas, diferencia ninguna; pero es preciso contestar rápidamente, como si no ofreciera duda la pregunta. Cual si fuéramos exquisitos ¿wzír wrfí de la bebida... (Más vanidad para mi cuaderno. Al pagar el consumo lo hago también sin preguntar el precio. ¡Bueno estaría! En estos caso, s se arroja un duro sobre el velador, y el camarero cambia y nos juzga enterados de las tarifas. (Otro puñadito de orgullo. Salgo de nuevo á la calle y me dirijo á mi domicilio. IV OTRA VEZ E N MI CASA mer plato e, stá incomible, y la ira se desborda. El segundo le encuentro apetitoso y mi gula se desata. Las pasiones son las mismas pero, colocadas en distintos lugares del cotidiano memí... La hora del teatro se aproxima. Entro en mi, cuarto y precipitadamente me visto. ¡Qué de intimidades despreciables! ¡Cuánto equilibrio para ofrecer al mundo un correcto frac! ¡Qué suma de secretos para convertir nuestra modesta c en atavío de príncipes! Por fin concluyo y salgo de mi habitación, dejando todo en desorden. Las prendas repartidas por las sillas. Las camisas arrugadas sobre la cama. Las toallas tiradas por el suelo y con señales de haber, con ellas, frotado nuestras botas. Pero es preciso ir al teatro. Y ya. estamos en él. V E N E L TEATRO Llego á mi hogar cuando la cena está servida. Se repite, á la inversa, la escena del almuerzo. El pri- -Adiós, poeta. -Adiós, marquesa. -Muy bonitos sus versos de ayer. -No tanto, señora; no tanto. ¿Y dónde se mete usted que no le vemos? -En casa, en el periódico, en todas partes. ¿Por qué no vino á visitarme esta tarde. -Almorcé en el Club con unos amigos y la hemos empalmado. En un entreacto escribo en mi librito: Mentiras, envidias, pecados de todas clases... VI E N LA CAMA Estoy en la cama. Al volver á mi cuarto, la vista de la toalla manchada de betún, de la camisa antes usada, de las prendas en desorden, me ha vuelto á la triste realidad. Se acabó el principe- poeta- del teatro. Se acabó el gran señor de la calle. Se acabó ni gourmet de la cervecería. Se acabo todo. El maldito primer plato de mi cena me ha tetiido con hambre toda la noche. Por eso estoy ahora en la cama comiendo un poco de queso y unas pastas que he encontrado en mi aparador. A lado está el libro de mis pecados de un día. I e repaso y veo que son muchos. ¡Dios mío! -exclamo enternecido. ¿Cómo podrán hacer examen de conciencia los que se confiesan una vez dentro del año... ¿Cuánto abultara ei cuaderno de sus pecados... Y el sueño me domina... Estoy dormido. iuiSDsTAPJA. DIUUJÜS DE S A C K