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Tenía sus ojos buenos y hermosos, y empeñábanse en llamarle el Tuerto; sin pruebas de q u e fuera aficionado al vino con exceso, obstinábanse en decir que era borracho, apodándole Pepe Botellas; y cuando, con el buen deseo de hermosear y de sanear la villa y corte, disponía la demolición de edificios viejos ó ruinosos para hacer plazas de que Madrid carecía, era nuevo motivo de burla y de chacota, procurando ridiculizarlo con e l m o t e de el rey Plazuelas. I a plazuela de Santa Ana, con la fuente del e m p e r a d o r Carlos V, inaugurada el día d e S a n- J o s é de 1812, no podía inspirar alabanzas ni había de hacer olvidar los horrendos sucesos de 1808. Los aires que desde el hermoso paseo del Prado llegaban hasta aquella mod e s t í s i n i a plazuela, llevaban todavía ecos de ayés y de protestas de rugidos, de maldiciones y algo asi como la voz del dios Neptuno, que relataba al César hispano las sanguinarias maldades de aquellas tristisimas jornadas. Un exaltado patriota hubiera creído que en aquellos momentos, el dios Neptuno, mirando un símbolo del pérfido invasor en la sierpe que se enrosca en su brazo izquierdo, oprimía con furor el tridente que en su diestra tiene, y q u e el Emperador, viendo al intruso en el emblema de la discordia puesto á sus pies, con furia mayor lo pisaba, apretando c o n v u l s i v a m e n t e el cetro con que manifestaba su poder. Acabó aquel funesto jeríodo y los españoles respiraron, con legítimo orgullo y grandísima alegría. I,o s franceses habían salido del suelo español, y nuevamente había entrado en él, entre aclamaciones entusiastas, el deseado Fernando. Libres del afrentoso yugo extranjero, los desdichados españoles, dignos de mejor suerte, iban pronto á sufrir uno nuevo y no menos terrible: el ominoso yugo absolutista. Fernando VII, que en Bayona había sido el pri- mer afrancesado felicitando al monarcaque le h a- bía sucedido en el trono dé España y- haciendo votos por el triunfo de las armas francesas sobre sus leales subditos, apenas restaurado abolió la Constitución votada por las Cortes gaditanas é inició un período de opresión brutal y de absolutismo despótico, h a ciendo trabajar sin descanso á esbirros, carceleros y verdugos, para exterminar á los únicos que con abnegación, desinterés y patriotismo habían luchado por su nombre y por su causa. Al principio de este nuevo período las dos estatuas d e l a s dos fuentes, testigo- launa de las crueldades francesas testimonio la o t r a d e l o s buenos p r o p ó s i t o s del rey francés, fueron objeto de a n á l o g o s atentados. El día. 9 de Mayo de 1814 gentes audaces y desconocidas robaron el tridente del dios Neptuno. El 13 de Julio del mismo año gentes no menos desconocidas y audaces robaron el cetro al emperador Carlos V. Yo h e llegado á suponer que los autores del uno y del otro hecho debieron de ser fieles y lógicos partidarios del nuevo régimen. Estando y a en España y en Madrid el verdadero rey absoluto ni dioses ni monarcas más que él, debían tener en sus manos s í m b o l o s de autoridad. El A y u n t a m i e n t o de Madrid acordó que hicieran nuevo cetro á Carlos V y que el tridente de bronce de N e p t u n o f u e r a substituido por o t r o de hierro dorado El acuerdo estaba muy puesto en razón. Que á un rey le quitaran el cetro y volviera á recobrarlo, nada tenía de extraño, y al mismo Fernándo VII le acababa de suceder. Pero que todo un dios, aun siendo mitológico, se dejara quitar el tridente, era absurdo é inexplicable, y bien merecía que le hubieran puesto otro, no de hierro dorado, de latón ó de madera sin dorar. FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ DIBtI. lOS n E MEDINA VV. V. K