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EL TRIDENTE Y EL CETRO íCTRE las fuentes públicas que en el primer tercio del siglo x i x existían en esta villa y corte de Madrid y tenían además el carácter de públicos monumentos por las estatuas artísticas qiie las decoraban, había dos que, por muy diversas y particulares circunstancias, aparecen más de una vez relacionadas en el recuerdo de distintos sucesos históricos, aun hallándose situadas a n o corta distancia. La una existe todavía, aunque recientemente ha cambiado de posición por reforma y mejoramiento del paseo en que se halla; la otra desapareció hace ya. muchos años, y en la después ampliada plazuela donde se hallaba se puso nueva fuente rematada por un pequeño obelisco, fuente que también desapareció, en nuevo ensanche de la plaza, dejando el puesto á más artístico y suntuoso monumento. Es aquella la fuente de Neptuno construida en 1765 por el escultor D. Juan Pascual de Mena con arreglo al diseño trazado por el insigne D. Ventura Rodrígviez, y colocada donde en el siglo xvil levantó el regidor D. J u a n Fernández famosa torrecilla para que los músicos amenizaran las noches del vei ano en el paseo del Prado, y que le valió el conocido epigrama del mordaz conde de Villamediana, que dice: ¡Buena está la torrecilla! Tres iTiil ducados costó. Si J u a n F e r n á n d e z lo h u r t ó ¿qué c u l p a t i e n e l a villa? É r a l a otra la fuente de Carlos V que construyó el arquitecto D. Silvestre Pérez en 1812, poniendo en ella una estatua de bronce del Emperador, que antes estaba en el Palacio Real, y decorando de este modo la plazuela formada al derribarse el antiguo convento de Santa Ana, Junto á la fuente de Neptuno se desarrollaron algunas de las más terribles y sangrientas escenas que la historia de Madrid registra con las fechas del 2 y del 3 de Mayo de 1808. Eos invasores franceses, empleando la crueldad después de la perfidia, realizaron las inicuas matanzas de aquellos días inolvidables, haciendo más grande y más implacable el odio que ya enardecía los pechos de los españoles, exaltados por el amor á la independencia de su patria, puesta en grave riesgo por la alevosía de un ambicioso usurpador. Ea estatua de Carlos V era un modesto testimonio de los buenos propósitos de aquel pobre José Bonaparte, juguete de la fatalidad y víctima de los proyectos dominadores de Napoleón. Ilustrado, liberal, deseoso de coxiquistar más que el territorio español el afecto de sus habitantes, el rey intruso hizo en vano esfuerzos constantes para captarse las simpatías de los españoles. Si algunos lo aceptaron, siendo por ello tachados con los dicterios de afrancesados y de josefinos la mayoría, y muy particularmente el pueblo, lo aborrecía y lo denostaba, sin conceder que tuviera cualidad apreciableni que pudiera hacer obra alguna meritoria.