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Y ya tuvo el hombre un conductor y un compañero en jornadas, viajes y guerras. El humilde asno, la resistente muía, el gigantesco elefante, el sobrio camello, el airoso caballo transportaron á los hombres primitivos y les sirvieron en los largos viajes y peregrinaciones por montes y desiertos cuando la raza humana se fué esparciendo sobre el mundo antiguo. La humanidad marcha mucho tiempo á horcajadas. Soldados y sacerdotes, sabios y damas, emperadores y reyes famosos así anduvieron y conquistaron. Pero no todo el cuerpo descansa igualmente en la cabalgadura. Su ejercicio indirecto fatiga. Hay que encontrar otra locomoción más cómoda y apropiada á las posturas naturales. Un tablón y dos ruedas forman el carro; son atadas á él las bestias, que, por cobrar su libertad perdida entre las ligaduras, saltan, se encabritan y quieren huir. Y al h u i r s e llevan á la rastra el artificio que inseparablemente las sigue como apéndice de sus cuerpos atormentados. Ahí está el primer vehículo. La humanidad jnarcha sentada ó tendida con reposo de sus miembros. Y sobre ese carro, pequeño ó grande, tosco ó rico, tirado por toros amansados ó por corceles fogosos, el hombre antiguo transporta sus menesteres, hace sus caminatas, dirige sus batallas, corre en los juegos de Grecia y Roma y recibe el triunfo de sus conciudadanos. El hombre se fué apoltronando; le incomodaban el aire y la lluvia que azotaban el carro abierto, y se encajonó en la litera cerrada y suspendida y en la monumental carroza de grandes ruedas y aparatosa presencia. Fueron los vehículos délos poderosos, y compartieron el imperio de las cortes fastuosas. Y el hombre marcha con igual lentitud, pero con mayor comodidad. Pronto se unieron la comodidad y la rapidez, apostando en los caminos caballerías que de trecho en trecho relevaban alas cansadas, para mayor presuramiento de la carrera. Y vino la posta, que transportó á los graves varones y personajes de sombrero chambergo y de tres candiles. Y vinieron las galeras aceleradas, que llevaron en su enorme seno los casacones bordados y los sombreros de medio queso. Y siguieron las diligencias, que pasearon á aquellos románticos batalladores de levita ahuecada y pantalón de trabillas. Esa generación progresista, feliz por contentadiza, creyó cumplido el último progreso de la locomoción. Y realmente, no cabía más en los dominios de la fuerza animal. Pero un día, aquel en que el vapor se hizo caballo, apareció la bestia de metal, con vientre de hierro, con brazos de hierro, con pies de hierro. Y arrastró ella sola pesos y masas que no arrastrarían mil caballos juntos en inmensa reata. El gran Thiers reputó desdeñosamente el invento por juguete inútil, recreo de uiños y desocupados. Aquel juguete arrojó contra París los grandes ejércitos y los millares de pesados cañones que destrozaron una nación, derribaron un Imperio y erigieron otro. Sobre aquel juguete, y maldiciendo tal vez de su lentitud, corrió muchas veces el mismo Thiers, desde París á Versalles, para salvar algo de lo mucho que había devorado el monstruo de hieiTO, cuj o poder desconoció. El ferrocarril, como fiero salteador, mató en los caminos el carro, las carrozas, las postas y las diligencias, líl hombre marcha á sesenta ú ochenta kilómetros por hora. No es marcha, es vuelo, es vértigo. Se estremece el aire, tiembla el suelo, se bambolean los árboles, huyen el terreno, el paisaje, los edificios, los montes, como llevados del huracán. Y allá va el tren rápido, engulléndose la vía y dejando atrás en pocas horas ciudades y campiñas, que parecen muy juntas y antes estaban divididas por muchas jornadas Í; 1 hombre marcha; marcha sin sentirlo, sin cansar sus pies, sin fatigar sus miembros, sentado, tendido, comiendo y durmiendo á sus horas, leyendo, jugando, continuando siempre su vida diaria. El milagro de andar sin moverse está hecho. El vehículo alado quedó dueño de los campos y caminos. Era preciso domesticarlo, urbanizarlo, encerrarlo en la ciudad. Las calles se entrelazan con cintas de hierro; el espacio se llena de redes de alambre, y entre los cables por arriba y los rieles por abajo, ruedan los tranvías al soplo invisible de la electricidad. Pero son el coche de todos. Hay que separar las clases, las familias, como antes las separaban la carroza y la galera. Y llegan, escandalizando, los automóviles. La noble litera, la regia carroza, el airoso carruaje desaparecen de las calles, atropellados por el automóvil y el tranvía. El hombre marcha ya como el aire, y á par del aire, por todas partes. Las caravanas antiguas se han metido jes; tf X ití l 7 efBfh r -A- r en los trenes y los automóviles; los jinetes se han montado en caballos de metal. Todo camina con el estrépito del vapor, con la rapidez de la electricidad. Los pueblos se han juntado, las horas se han agrandado, el planeta se ha reducido. Se ve en unas horas lo que antes se veía en un mes; la distancia terrestre está vencida y muerta. ¿Lo será también el aire? Ya ha subido á él la bruja moderna, la ciencia, y las brujas, han sabido siempre volar por los aires. No cabe escribir Non j lus ultra en sus prodigios y encantamientos. EUGENIO SELLES DIBUJOS DE irENDEZ BniXCi.