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ESCRITORES ESPAÑOLES EN PARÍS EMILIO DE BOBADILLA conozcan de Fray Quienespuedan su la labor nerviosa ciar crítica Candil y aprey severa, han debido evocar más de una vez la visión de un ogro implacable que se complace en engullir molleras tiernas y maduras, sin colmar sus ansias en el sabroso festín. Al menos asi, a l a distancia, formaba nuestra imaginación la macabra estructura de este torturador; pero hoy q u e l a casualidad n o s puso cerca de él, debemos c o n f e s a r ingenuamente que ni el ogro estaba allí, ni era el león como lo pintan... Altoy robusto, de constitución fuerte, lleva en la erguida cabeza el ceño escéptico y adusto, acentuado por las cejas y el bigote negros, éste último levantado en varonil desaliño; la mirada perspicaz, atrevida, denuncia un espíritu sutil y despierto; cuando habla, esa mirada tiene la irresistible elocuencia del genio, y ante ella, investigadora y honda, pasa, sin duda, en sucesión cinematográfica, todo un mundo exterior é interior; la frente despejada, poblada acaso de ocultos prolDlemas, destaca altiva sobre un busto arrogante. La cabeza, bien nutriday eauilibrada, descansa en u n a contextura atlética, porque preciso era, para sostener vigorosamente una cúpula de oro, que la base correspondiese á ella en peso y en solidez majestuosa. Y toda la complexión de ese organismo corresponde á la fortaleza y energía de un espíritu libre, amplio, tan inflexible en la apreciación personal como caballeresco en la rectitud del proceder y en la nobleza de los sentimientos. No es, pues, Bobadilla el ogro de la leyenda imaginaria, por muchos que sean los grafómanos que ha embuchado. Y para probarlo, he aquí una anécdota que escuchamos hoy de sus labios. A consecuencia de u n a polémica, el director de un diario de Panamá retóle en duelo. Es de advertir, por ser aquí detalle esencial, que la tez del retador era obscura como negras las tintas de su diario. Bobadilla, visitado por los padrinos de aquéL contestó llanamente que rehuía, el lance con el periodista negro, pues estaba seguro de no dar en el blanco. Y ese escalpelo, que tan finamente maneja el maestro en su charla ilustradísima, le emplea en su crítica disectiva, haciéndola tan ingeniosa y original, que difícil es liallarla igual entre las de sus contemporáneos, porque la crítica de Bobadilla supera, ajuicio nuestro, en solidez y razonamiento científico, á la del recordado Leopoldo Alas; aventaja en mucho á la dialéctica mordaz y original de Valbuena, y no tiene igual en derroche de ingenio picante, sutilísimo, esparcido en el análisis patológico de sus grafómanos. Y este crítico profundo es también poeta delicado é i n s p i r a d í s i m o Novelas en germen Grafómanos de Atnér ka, Sintiéndome vivir y Vórtice s o n Últimas p r o d u c c i o n e s escéptica, triste, de cruel misantropía, que le aomina y habrá de dominarle más allá de sus obras, porque ante su poder escudriñador y analítico, tiene forzosamente que empobrecer la realidad de la ficción humana, dejando entrever el fondo descarnado, y porque, según su propia expresión, el genio siempre es triste. A pesar de ese cniel escepticismo, que parece ha de doblegarle, Bobadilla resiste las borrascas y va adelante. Así se muestra, destacándose enhiesta y firme en su pedestal de carne y hueso, la imponente figura del crítico cubano, que la posteridad se encargará después, cuando se deshaga la frágil arcilla humana, d trasladarla, esculpida, al pedestal que la conserve y la perdure. EDUARDO DIEZ DE MEDINA JUAN DE BECON Uá en la época en que era de buen gusto hacer creer que no teníamos ropa que ponernos, habría yo dicho bohemiamente que éste es el único periodista español de París que lleva frac. Ahora me contentaré con asegurar que es el que mejor lo lleva. Y es natural, después de todo. En las casas adonde él va, u n a corbata tiene tanta importancia como una idea. El enseña sus corbatas, que son blancas, y esconde sus ideas, que no son color de rosa. Porque ¡oh! ironía de la vida; mi amigo Juan de BecoH no había nacido para decir esas cosas floridas, acicaladas y pulidas que abundan en sus crónicas aristocráticas. Había nacido para gritar en el Parlamento, á propósito de asuntos muj obscuros. A los veinte años ya tenía una concepción del mundo que le hubiera servido para llenar diez tomos respetables. Sólo que la suerte quiso que, renunciando á l a oratoria política y á la erudición jurídica, se enamorase de la vida parisiense y se radicara en París, donde los discursos no producen. Aquí está, pues, y aquí se ha hecho una situación que puede llamarse envidiable sin lisonja. Los intelectuales lo consideran como un compañero excelente. Los aristócratas aseguran que no parece un periodista, sino un gran señor. Las damas juran que fuera de lo que él escribe, todo lo demás que va de París á Madrid para los periódicos, es indigno de leerse. Y yo pregunto: ¿No es preferible esta situación á la que le esperaba allá en Madrid, en las Cortes turbulentas? -No- -contesta Juan de Becon. -Sí, sí. Escribir con pluma de oro, como se decía antaño; escribir como lo hicieron aquellos delicados y discretos cronistas del siglo xviii francés; escribir con elegancia y sin petulancia; escribir con gusto y con buen gusto y saber decir lo que las damas quieren que se diga, es realizar un ideal que muchos acarician en secreto. Y entre esos muchos, los hay que son grandes. A suyas. E n las primeras vibran las palpitaciones de un potente cerebro; en la última, los latidos de un corazón sensible; reunidas ellas, complementan y revelan la personalidad original del pensador- poeta. Pero á través de ese temperamento, vaga siempre, como una sombra misteriosa y nocámbula, la nota E. G O M f Z CARRJLLO