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-V Í: LA MONTANERA A NUNCIÓSF, por el pregonero la salida de los cerdos para la montanera. Andaba el cebo por las nubes y hubo en el pueblo alegría general. Llamaban tío Rufo al porquero de mi lugar; el hombre era ya viejo cuando yo le alcancé. En el tío Rufo lo esencial no era él, sino su látigo. Describir este látigo, como describir el escudo de Aquiles, sólo un homéride lo intentara. El día de la montanera el porquero parecía remozado: desde muy temprano plantábase en lo ancho de la plaza y entonaba un toque de llamada soplando en su caracol. Los muchachos, llenos de admiración, no nos separábamos del porquero, y éste, al percatarse del culto nuestro, lanzábase en alas de su genio á ejecutar los más sublimes prodigios del arte nobilísimo y casi olvidado de tocar los caracoles. Después de congregar en la plaza algunos cerdos, recorría el tío Rufo el pueblo de banda á banda para nutrir la porcada; siempre, por supuesto, tocando el caracol. De todas partes salían los de la vista baja; de ellos, los menos brutos, entendían pronto, al ver al tío Rufo, que algo extraordinario ocurría. Y gracias á que los cochinos son epicúreos, según observó el clásico, y únicamente estiman los bienes terrenales; gracias á que no viven vida afectiva, porque al verse tan agasajados hubieran perdido la cabeza. El vecindario en masa salía á despedir á los animales hasta lo alto de La Escampía, un cuarto de legua del lugar; Allí llovían los encargos y las recomendaciones sobre el porquero: Tío Rufo, qtie mire por mis cochinos. Tío Rufo, que van al amparo de usté. Tío Rufo, que JSL sabe lo prometido: por cada arroba que traigan mis cerdos de la montanera tiene ocho cuartos cabalitos. Pasaba el porquero lista, digámoslo así; en tan fausto día no faltaba un animalucho. Adelante. Vedlos ya camino de la dehesa; la bellota espera. El tío Rufo, asistido de sus hijos, que le acompañan en tan nietnorable expedición, desapaiece con su piara. Esta no podrá quejarse de la despedida. Ni á los quintos dan el último adiós los campesinos como á sus cerdos. Pasado más de un ues echaron el pregón de ordenanza, anunciando la vuelta de la porcada; no quedó en el pueblo bicho viv: ente; todos fueron á esperar á los cebones. ¡Oh poder de la bellota! ¡Oh maravilla sin igual! ¡iSTadíe conocía á sus animales de gordos que volvían! Eran cilindros de condumio, bolas de pringue, esferas de carne, u n a salva de aplausos resonó, un grito de entusiasmo saludó al tío Rufo. Jamás triunfador romano fué tan festejado. Marcio, vencedor de los cimbrios; César, de los galos, no fueron recibidos como el tío Rufo. Alguien, poseído de admiración- singularísima, llamó al porquero señof Rufo. Únicamente los cerdos gruñían como quien no espera cosa buena. VIRGILIO COLCHERO DIBUJO DE REGIDOa