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Si el señor Juan liubiese conocido La Bohemia, de Puccini, es casi seguro que, recordando la sentida canción de la vecchia zimarra, hubiera cantado una tierna despedida á su también vecchia zamarra; pero como no tenía de La Bohemia ni la menor idea, el flamante cochero fúnebre se limitó á suspirar blandamente, mientras guardaba en un arcón, doblándola con mucho cuidado, su zamarra de mayoral. Hasta que se acostumbró á su nuevo oficio, el señor Juan pasó muy malos ratos. Hecho á la alegría del pescante de la diligencia, y á la animación de voces y gritos para jalear al ganado, era de un efecto muy nuevo, sobre todo, para los que caminaban detrás del coche fánebre, oír á aquel cochero, así que salvaba los últimos ventorros de las Ventas, azuzar á los caballejos diciéndoles: Ya! ya! Lucero; ¡hala! ¡hala! Favorito, ¡ya! ¡ya! Y es claro, ante esa dulce invitación, los animales salían ál trote largo, cammo del Este, mientras el señor Juan, enardecido con el recuerdo de sus buenos tiempos, restañaba alegremente el látigo. El hombre no se podía contener, y sólo cuando los del duelo le llamaban la aten ción, caía en la cuenta de que para entrar en el otro mundo no es necesario ir al galope, que tiempo hay, y á cualqtiier hora se llega bien. I,o s simofies protestaban indignados de aquel mal compañero que así les perjudicaba en sus intereses, pues en una hora desoachaba el servicio, y por otro en seguida. El señor Juan tenía, por decirlo asi, ei record de la hora fúnebre. Pero en fin, con el tiempo, fuese el hombre acostumbrando y va no hubo más incidentes cómicos que lamentar. Un buen día, nuestro héroe se levantó con un terrible dolor de muelas, y c o m o á la noche siguiente apenas si pudo dormir, se decidió en conseio de familia que fuese á casa de un dentista cuanto antes. i ¿Pero cuándo? Precisamente era un día de trabajo horrible, y no era cosa de abandonar loscomprometidos servicios de El último viaje por la extracción de una muela. Y el dolor seguía cada vez en aumento. Nada, era preciso. Y al señor Juan se le ocurrió una idea conciliadora: aprovechar uno de los viaies de vuelta para ir á casa del dentista. Y así lo hizo el señor Juan, parándose con el carro fúnebre á la puerta. ¿Quién se habrá muerto en la casa? -se preguntaban con curiosidad los vecinos. -Debe ser el dentista. -contestaba confusamente la portera, -porque allí h a subido el cochero. ¡Caray! ¡Pero eso ha sido un escopetazo! -decía como juzgándolo increíble, el inquilino del entresuelo. Un simón que por allí pasaba, al ver que había un entierro en perspectiva, se paró; al poco rato otro coche de punto se detuvo, luego otro, y muchos más esperando que de un momento á otro baiasén al pobre dentista, al que daban ya por muerto indiscutiblemente. Algunos de sus clientes, al ser advertidos por la portera ae la repentina desgracia, se conaoileron del suce so é hicieron mil preguntas sobre una muerte tan imprevista. Poco á poco fueron llegando amigos y parientes, que ya tenían conocimiento de lo ocurrido, y ya el portal estaba lleno, cuando bajó tranquilo y sonriente el señor Juan, encontrándose veinte coches de punto, á la puerta, con el alquila levantado. Dlí MRDIXA VERA LUIS GABALDON