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DESDE EL BALCÓN DE PALACIO ivARO. es que este balcón no se refiere á ninguno de los que se abren en la fachada del regio edificio, sino á aquella cornisaó balaustrada que hay junto á la Armería, y desde donde se alcanza á ver el Campo delMoro, el valle del Manzanares, la Casa de Campo, el bosque del Pardo y las abruptas cumbres del Guadarrama. Balcón es aquél cuyas bellezas pueden competir con las de los más afamados lugares del mundo; pero apenas viene nadie á asomarse al prodigioso balcón... Sólo se ven allí los dos cañones de la guardia de Palacio, solitarios junto á la Armería; un soldado que hace de centinela, y qne con el machete al brazo se pasea lentamente, mientras canturrea por lo bajó una canción de su país; y algunos pilletes, en fin, de esos que caen en los lugares vacíos á holgar, á matar las horas de hambre y de hastío, Bn las buenas tardes de sol, cuando la luz tiene los más hermosos matices del día, en esas horas lánguidas que incitan al ensueño y á la contemplación, entonces es muy grato venir hasta aquel balcón de Palacio, ponerse de codos sobre la balaustrada, y mirar, mirar sin tasa y sin noción del tiempo, la única, la capital y absoluta belleza del mundo, que es el paisaje. Allá lejos cierran valientemente el panorama las crestas de la sierra, que acaso blanquean con la nieve recién caída, y el sol se complace en dorar, los ventisqueros y las rocas que se enmarañan al pie de los grandes montañones. Más cerca están las arboledas del Pardo, negruzcas, austeras de color; luego vienen los pinos y encinas de la Casa de Campo, que se recortan como redondas manchas obscuras sobre el tono grisáceo de los eriales; y finalmente, debajo del balcón, se ve la ola de los árboles que han muerto ya, pero que luego se poblarán de fino v M dor primaveral, y que en otoño, la profunda hora del año, amarillearán con un tono de oro, oro viejo, elegante, aristocrático. Todo aquello semeja un fondo ideal que la Naturaleza tiene perpetuamente dispuesto para que un nuevo Velázquez pinte un cuadro, uno de aquellos célebres cuadros en que un príncipe menudo cabalga sobre un enorme corcel, teniendo en la mano un bastón, la espada en el cinto, la mirada fiia, y detrás, sirviendo de tapiz, el recamada lienzo de la sierra. El verde ó el amarillo de los árboles resalta vivamente de entre la fosquedad délos eriales; las casitas blancas aiotean la espesura austera de la Casa de Campo; la nieve alegra y reanima el paisaje; y por la carretera del puente de Segoyia pasan, como hormigas diligentes, los infinitos trajinantes, carros y recuas de muías. Y en lo ancho del río, cubriendo las dos riberas del Manzanares, vense los trapos que las lavanderas tienen puestos á secar. Aquellos trapos que se secan al sol tienen una verdadera significación social, poética, depuradora... Considerad que en aquellos paños, ahora tan blancos y puros, está condensada la psicología de la inmensa urbe; son los paños que la ciudad arrojó al río, y el río, paternal y tácito, los devuelve luego á la ciudad, j a limpios y purificados. Considerad la misión de esas pobres mujeres, las lavanderas, que están encargadas de la depuración de la ciudad, y son como sacerdotisas dé una religión de limpieza. Ellas recogen los despojos miserables de la ciudad, la podre y la flaqueza de los hombres, los paños que el trajín de la vida ensució, el disimulo de la espléndida urbe, las galas que la vanidad lanzó al comercio de la vida, los velos bonitos, los pañuelitos que servían para hacer señas discretas, todo, lo más oculto y frágil, dañado por la impura imperfección humana, viene á parar en manos de las tácitas lavanderas: ellas esconden y recatan los despojos bajo el agua del río; el río, el denigrado Manzanares borra las huellas de la flaqueza humana, y las humildes mujeres baten j retuercen los restos de la ciudad, los depuran, los tienden limpios sobre la ribera... Considerad cuan merecedores son de nuestro respeto ese rio que tanto denigramos, y esas pobres mujeres, sacerdotisas de un culto de pureza. C JOSF M. SALAVERRÍA DISUJO DE Eíl. l