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sortija de mujer, coronada por un rubí monstruoso, de oriente purísimo, sutilmente prendido en el centro de una media luna de brillautitos. Poco á poco, empleando un gesto irresoluto, en el que había gozo y sorpresa, Mariana cogió la joya. ¡Qué linda! -balbuceó. Se la había puesto en el índice de su mano izquierda, y sobre su piel armiñada, pulida como el nácar, el rubí ardiente parecía un coágulo de sangre. Tras Algunos momentos de silencio, el esposo agregó, muy ufano del éxito pasmador de su obsequio: -Es el rubí más grande que conozco; los periódicos han hablado de él. Primero estuvo en el PalaisRoyal; luego pasó á embellecer la calle de la Paz. El viejo judío que me lo vendió aseguraba que ningún rey de, Europa tiene otro igual. -Eo creo- -replicó Mariana pensativa; -yo poco entiendo, pero comprendo que es magnífico. ¿Cuánto ha costado? -Ocho mil francos. ¡Ocho milfrancos! -repitió la joven asombrada; ¿y has tenido valor de dar tanto dinero por una joya? ¿Por qué no, cuando la joya que se discute es digna de un Museo? La condesita, descontenta, movía la cabeza; su espíritu ordenado y prudente, de mujer económica, rechazaba tan o- raxTQ dispendio. Por lo visto- -dijo- gastado todo el di! que llevaste? -Todo. ¿Qué quieres, i nía? Eos viajes cuesI- nucho... los cambios i u muy altos... en los les te saquean... ¡Es horrible! Ten presente que los ocho mil francos de la sortija equivalen á cerca de diez mil pesetas. ¡Casi dos mil duros... tíe h a b í a p u e s t o in- í í tensamente pálido, c u a l si estas últi; mas p a l a bras le hu biesen costado un esfuerzo máximo. Pero Maria na no lo ad. í virtió, absor l- C ta como es -C t a b a en la V conteinpla ción de aque- i lia p i e d r a f apasionada, caliente, liéis J na de fuego, como un im i petuoso gri. J to de juven. i tud. Al fin, murmuró: -De todos modos, es inverosímil que una sortija tan sencilla valga tanto dinero; si no fueras tú quien me lo dice, no lo creería. Transcurrieron varios meses. Una tarde de invier- no Mariana y Joaquín se hallaban de sobremesa en el comedor bien alfombrado, ante la chimenea encendida, repleta de leños crepitantes. Ea joven leía un libro de viajes; el interés de la narración retardaba los parpadeos de sus largos ojos azules; un boa de plumas blancas guarnecía su cabeza de cabellos undosos y negrísimos; en su mano izquierda, olvidada sobre el mantel, ardía el rubí regalo del conde. Eos minutos pasaban lentos. Joaquín, cruzado de brazos y con un cigarro puro entre los dientes, contemplaba la joya... Un psicólogo ladino hubiese deletreado, quizá, en aquel mirar complejo un dédalo de meditaciones pavorosas. Después, lentamente, las claras pupilas del conde fueron apagándose hasta quedarse muy quietas, muy tristes, cual extraviadas en la visión interior de una de esas pasiones recónditas, para las que no existe el alivio de la confesión. De repente, Mariana levantó la cabeza, y su mirada y la del conde se cruzaron cómo dos floretes. Ea joven preguntó: ¿Qué tienes? En su voz hubo una vibración imperiosa y vehemente. Instantáneamente, sin saber cómo, había creído ver cruzar por la frente dé su marido el recuerdo grato de otra mujer. Joaquín se encogió de hombros; ella insistió: -Mirabas mi sortija y estabas triste. ¿Por qué? ¿En qué pensabas... Eíl conde se echó á reír; es un recurso vulgar, pero que suele producir resultados excelentes; en la risa, mueca ambigua que todo lo encubre, hay como un carnaval de sentimientos. -En ti pensaba- -dijo, -y al mismo tiempo recordaba la poesía inmarcesible, siempre verdeante, de los viajes; porque yo soy de los raros que sufren, juntamente con la melancolía de lo que vieron y ya no ven, la atracción perenne de lo que conocen. Ea joven no respondió, y continuó leyendo; pero en su ánimo se esbozó la idea, corroborada más tarde por observaciones diferentes, de que su marido, cuando reparaba en el rubí que la regaló, se ponía triste. ¿Por qué... Aquella piedra enigmática y roja como una lágrima de lacre, ¿sería uno de esos recuerdos que los amantes suelen devolverse cuando se separan? Al verano siguiente, los esposos se inscribieron en una de esas agencias que abren á los turistas los caminos del mundo. Habían llegado á Burdeos; era mediodía; en aquel momento salían dos trenes: uno para París; otro para Marsella. Mariana, en pie delante de su vagón, esperaba á Joaquín, que había ido á sellar sus billetes. Cerca de Mariana pasó una joven alta, esbelta, vestida con elegancia irreprochable y llamativa; una actriz, sin duda. Bajo su pretencioso sombrero de plumas, su cuerpo ondulante se movía con ese ritmo lánguido que dan á las mujeres los desengaños. Ea desconocida inspeccionó á la condesita de cabeza á pies, y detuvo su marcha; había visto el rubí, y sus ojos brillaron; un leve carmín tiñó sus mejillas. Euego, sin acercarse, como para impedir que nadie advirtiese su diálogo, preguntó: ¿Es usted la condesa de C... Mariana repuso, mirando á su interlocutora con un poco de acritud: -Sí, señora; ¿por qué... Pero esta interrogación, en la que latía algo ofensivo, fué inútil, porque la desconocida, tras de esbozar un saludo de exquisito acatamiento y cortesanía se alejó sin contestar, aunque ufana, como segura de haber herido á su enemiga en el corazón El año pasado la condesita Mariana regaló su magnífico rubí para una kermesse que varias señoras aristócratas organizaron á beneficio de los niños huérfanos. EDUARDO ZAMACOIS DIR. DE M É S D E Z B R T N G A