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testigo presencial una interesante anécdota. Refiérese á la época en que actuaba en París la artista que se propuso renovar en el siglo x x de la Era Cristiana las danzas de las doncellas de Laconia. Kn el teatro de Sarali Bernhardt, donde los espectadores entusiastas habían consagrado el renacimiento de las antiguas danzas, ib? á dar Isadora Duncan su función de despedida. Tardaba en levantarse el telón. Del patio de butacas subía á las repletas galerías un rumor que no tardó en convertirse en ruidosa protesta. A las nueve y media el escándalo que dominaba, los agudos silbidos se hizo ensordecedor. En medio de este alboroto, separando el pesado telón, apareció en el proscenio una mujer. Parecía la Diana cazadora del Museo que, descendida de su pedestal, venía con un gesto de plegaria a implorar la indulgencia de una muchedumbre encolerizada. Era 1 a bailarina idílica que decía el programa, y se presentaba tímida y suplicante. Remó el silencio, é Isadora Duncan, con la voz alterada por la emoción, refirió su gran conflicto. Estaba sola, completamente sola; su empresario la había abandonado y los músicos habían seguido su ejemplo. ¿Cómo sostener el ritmo del baile sin el de la música? ¿Aceptaría el público que ella contase las razones que la habían movido á alterar los principios académicos de nuestras bailarinas y á cambiar las reglas del baile moderno? El parecer, pedido con una ingenuidad y unas vacilaciones encantadoras, fué unánime. El público accedía á conocerlas. La artista, buscando las palabras para hacerse entender, no lográndolo siempre pero completando con el gesto la insuficiencia de la demostración oral, desarrolló su teoría del movimiento en el baile. Después, sin acompañamiento, representó mímicamente la leyenda de co, perseguida por los celosos furores del périido P Eos bravos estallaron. El genio de esta encantadora de la línea armoniosa y eleg a n t e había bastado á los espectadores ávidos de belleza. De todas las localidades llovieron ramos, y la escena se llenó de canastillas de flores. Un aficionado espontáneo se sentó al piano, y á los acordes de un vals de Chopin obtuvo bailando la Duncan uno de sus éxitos más extraordinarios. EL DORMITORIO: LAS ALUMNAS, DESPUÉS DEL EJERCICIO COTIDIANO, ntJSCANDO EL REPOSO F. N SUS r. LA rcos LECHOS