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p L baile, considerado como espectáculo teatral, ha venido- evolucionando en un sentido marcadamente g- imnástico, y las más modernas y celebradas notabilidades del arte coreoCTáfico más se distinguen por la elevación de sus saltos y la vertiginosa rapidez de sus vueltas, que por la elegancia de las actitudes y la gracia y la armonía de sus movimientos. Las posturas inverosímiles de los dislocados de circo, los volteos de los acróbatas han venido á ser los recursos supremos de las grandes estrellas del baile en el teatro, y el aplauso del público se debe más á su admiración por lo que encuentra de difícil y arriesgado en el ejercicio, que á su encanto por la belleza del trabajo. A esta corriente extraviada y de mal gusto, que da un carácter penoso y de fatiga á las danzas que contemplamos en la escena y las quita su elemento más artístico, se ha opuesto, con tanta energía como perseverancia, una bailarina notable, deseosa de promover en la coreografía un renacimiento del antiguo clasicismo, y se ha dado el caso verdaderamente singular de que la eficaz iniciadora de tal renacimiento grecolatino haya sido una norteamericana. Isadora Duncan fundó en Grunwald, en las inmediaciones de Berlín, una academia de danzas griegas en la que están hechas las fotografías que ilustran esta información. En ella, una veintena de niñas de cinco á doce años de edad, la mayor parte de ellas hijas de artistas, siguen religiosamente sus lecciones de danzas griegas que les da con incansable celo la gran sacerdotisa de este arte. Proceden las educandas de Dresde, de Munich, de Inglaterra y hasta de América. A las siete de la mañana abandonan sus lechos, pintados de blanco, y apenas acaban su toüette matinal se desayunan y dedican la mañana exclusivamente al estudio, siguiendo los programas de enseñanza ordinaria que rigen en las buenas escuelas de Alemania